Opinion · Rosas y espinas

Griñán y Chaves en Gran Hermano VIP

552d45891dfd5.r_1429032065610.0-51-800-463Felipe González es el clásico jarrón chino, Pedro Sanchéz es el clásico jarrón burgués un poco hortera y excesivo, y Susana Díaz es la clásica invitada tornado que entra en casa diciendo mucho sus cosas y haciendo muchos aspavientos y al final tira un jarrón. Andan las cosas difíciles en Psoelandia, esa famosa atracción turística de la izquierda vacacional (no confundir con la vocacional). Ahora que andamos con las declaraciones judiciales de Manuel Chaves y José Antonio Griñán esto se nota cantiduvi o cantidubi, como se escriba.

Dijo ayer Chaves que nunca atisbó «menoscabo o ilegalidad alguna» en los famosos ERE, y que estos se tramitaron “con todos los informes necesarios y cumpliendo todos los requisitos”, y se aprobaron “con la convicción de que cumplían todos los requisitos legales y cumplían todas las normas”. Pues muy bien, compañero. Pero resulta que los votantes no votamos a nuestros presidentes para que tengan convicciones, porque para eso ya vamos a la iglesia o al Bernabéu, sino para que se hagan responsables del país mientras nosotros, los ciudadanos, cementamos rotondas, despachamos en los supermercados o hacemos la cola del INEM.

Pasan los días y pasan las semanas y lo único que el ciudadano recibe de sus reyes, de sus presidentes y de sus banqueros públicos es la constatación de que todos son imbéciles: ninguno se enteró nunca de nada. Iñaki Urdangarín vivía como un rey siendo solo medio príncipe, la contabilidad negra del PP se le pasaba desapercibida a Mariano a pesar de que sus sirvientes iban a limpiar Génova en avioneta privada, Chaves y Griñan se están escandalizando mucho con lo que hacían sus valets, Alberto Núñez Feijóo andaba tan ocupado en formar su espíritu medrador que era el único gallego que no sabía que su amigo Marcial Dorado era un poquito narcotraficante y así.

El grado de ignorancia de nuestra clase dirigente es tan temperaturero que rompe los termómetros del sentido común. Esta gente no necesita un escaño, sino un equipo de profesores de educación especial.

Si hacemos caso a las declaraciones judiciales de nuestros próceres en sus diferentes y variadas cuitas procesales, llegamos a la conclusión de que en la democracia de España, Galicia, Andalucía, Catalunya, etcétera pasa como en Gran Hermano Vip: siempre gana el más tonto.

Desde que Felipe González se enterara por la prensa de la existencia del GAL, la ignorancia ha sido la coartada esgrimida con mayor donosura por nuestros próceres a la hora de justificar sus desfalcos y enriquecimientos ilícitos. Pero ahora ya va habiendo gente electa que anda diciendo basta. Ciudadanos o Podemos se niegan a pactar con Susana Díaz mientras no aparte a sus dos tontos e ignorantes más históricos de parlamentos, senados o sueldos públicos de cualquier clase. Si lo hiciere, Díaz rompería el jarrón chino por excelencia, y un jarrón chino roto es mucho más peligroso que uno entero: te cortas las plantas de los pies si lo pisas camino de la gloria.

En cuanto a ese otro jarrón un poco cursi y hortera que le han colocado en Ferraz, se le va a romper a Susana también por despiste, porque parece que no se da cuenta ni de su existencia. Mientras, la investidura de la presidenta andaluza se va a eternizar entre municipales, autonómicas y generales, pues nadie quiere dar su brazo a torcer para pactar con otra señora que dice tampoco haberse enterado de nada, y que sostiene que sus predecesores en el cargo deben ser respetados a causa de su inocente inepcia. El sintagma «responsabilidad política» no se lleva en estos casos, pues de todos es sabido que un ignaro electo debe ser cuidado y amparado por la sociedad, como siempre se ha hecho con el tonto del pueblo que pinta pasos de cebra por donde cruza y vende dibujitos de la virgen por las esquinas. Al fin y al cabo, el tonto del pueblo es nuestra clase dirigente, y merece un respeto, un entendimiento y una cobertura social. Pedro Sánchez votó ayer sí por error a la obispera reforma del aborto del PP. Pues eso: que hay que darle cuidados, pueblo.