Opinion · Rosas y espinas

Los carísimos guiñoles de Telemadrid

56c1a78b3476eConocidas las últimas noticias, aquí en Madrid todos andamos indecisos. No sabemos si votar en las próximas elecciones a los títeres de Manuela Carmena o a los guiñoles de Esperanza Aguirre. El parque del Retiro está tumultuoso de sufragistas cavilantes meditándolo. Si bien los títeres de Carmena irrumpieron algo inoportunamente en el horario infantil del Carnaval, los guiñoles de Aguirre, siendo más políticamente correctos para el entender de la derecha, nos resultaron a los contribuyentes y a los niños que no tienen qué comer un poco más caros. Hablo de los guiñoles humanos de Telemadrid, de los que ayer nos informaba deliciosamente este periódico.

330px-Fernando_Sánchez_Dragó_-_001Fernando Sánchez Dragó, por poner liviano ejemplo, costó a los madrileños 2,85 millones de euros entre 2004 y 2009 por hacer una entrevista a la semana y recomendarnos un par de buenos libros. No está mal para un programa de vocación provecta (la cultura, hoy, es otra cosa) que no veía nadie.

A Hermann Tertsch los madrileños le pagaban 500 euros por cada dos minutos de programa, y la cadena pública de Esperanza Aguirre también le proporcionó de gratis 30.000 pavos en asistencia jurídica por un conflicto laboral. El que fuera primer jefe de informativos de TVE con José María Aznar, Ernesto Sáenz de Buruaga, se levantó 45.000 euros por un programa semanal que después se ventilaban los funcionarios de la casa por 13.000. La lista es interminable, pero tiene además juanete. La televisión pública, los contribuyentes, Telemadrid, le dimos 17 millones de euros al cineólogo aguirrista José Luis Garci por una película invisible titulada Dos de mayo.

Telemadrid estaba lleno de estrellas sin público, de famosos sin audiencia, de perdedores millonarios. Los gestores del PP despilfarraron millones en pagar a unos intelectuales (sic) que ni resultaron rentables ni crearon opinión ni nada. Es terrible que alguien desvíe lo público para beneficio propio, pero más terrible aun es que se dilapiden estos dineros en la nada, en una flaca audiencia, en una nula influencia y en un vacío intelectual.

El tea party de Esperanza no solo era ridículo, sino que además nos salía carísimo. El único que lo seguía era el Gran Wyoming, a quien le bastaba fusilar Telemadrid para que su Intermedio le saliera gratis y muy de risa.

Ahora que la inefable Esperancita ha dimitido in vigilando, no estaría de más que alguien se dedicara a investigar las razones por las que este sanedrín de ultras desatados se lo llevó tan crudo in vociferando. O sea, que queremos saber qué le debía Aguirre a estos señores de nula proyección para justificar tales emolumentos. No se trata de manipular nada, pues nada se puede manipular a través de una televisión que no ve nadie. Pues pocos votos al PP podría traer aquel programa de Cristina Tárrega, Territorio comanche, que costaba casi 800.000 euros para una audiencia de 36.000 personas. A casi 20 euros por televidente. Por esa regla de tres, mejor hubiera sido regalar tres entradas de cine español a cada madrileño y crisis arreglada para nuestro sector audiovisual.

Viendo estas cosas, a uno hasta le parecen simpáticos los gestores que desviaban los dineros hacia Suiza y las Islas Caimán. Por lo menos le sacaban (sacan) algún provecho. Pero es casi emético observar que el dinero se derramaba directamente hacia las alcantarillas. Como una broma macabra contra los que pasan hambre. Ahora los guiñoles de Esperanza Aguirre ya no están en Telemadrid, pero cada vez que sintonizo tal cadena su voz coral me grita una frase familiar desde el receptor: «que se jodan». Qué recuerdos.