Opinion · Rosas y espinas

Carmen Calvo y los evasores

“Uno puede tener el interés político, pero otra cosa muy diferente es que eso se pueda hacer jurídicamente”. Así explicaba anoche Carmen Calvo, en la Ser, las razones por las que Pedro Sánchez exigía desde la oposición la publicación de la lista de amnistiados fiscales de Montoro, y ahora que preside el Gobierno se niega a difundirla.

Nuestra vicepresidenta, a la sazón doctora en Derecho Constitucional, acaba de descubrir a la tierna edad de 61 años la diferencia entre “interés político” y factibilidad jurídica. A ver si su doctorado se lo va a haber sacado en el mismo Harvard arrabalero que Pablo Casado. Porque mientras Sánchez voceaba sus anhelos de transparencia al oído sordo de Mariano Rajoy, ella ocupaba en el PSOE el puesto de coordinadora de políticas sociales. O sea, que estaba ahí al lado. Que, en un aparte o en los baños de Ferraz, le podía haber soplado al jefe la imposibilidad legal de desenmascarar a los defraudadores para que se callara y después no cayera en este ridículo.

Como todo el mundo sabe, la amnistía fiscal de Montoro fue declarada inconstitucional por el tribunalillo que se supone “supremo intérprete” de la Carta Magna. Gracias a la afición que los constitucionalistas más acérrimos tienen en violar la Constitución, aquel gobierno del PP se la saltó para que nuestros eximios defraudadores regresaran de Suiza con sus maletines reventones de dinero lavado y reluciente. Cientos de delincuentes de guante blanco fueron aplaudidos por nuestra derecha bizarra a su paso transpirenaico por Portbou. El dinero aflorado iba a salvar a España de la troika, pues de todos era sabido que sus millones relimpios los iban a emplear en sanidad, educación, cultura, obras públicas y sopa de los pobres. Eso sí, los donativos los hubieron de hacer de forma anónima, pues la ley les impedía desvelar sus generosas identidades.

Ahora existe la sospecha general de que entre aquellos benefactados benefactores de la patria podría estar nuestro viejo rey, el paquidérmico Juan Carlos, al que últimamente uno encuentra en todas las salsas menos en las bailables.

Por aquellas inconstitucionales calendas de 2012, cuando la amnistía de don Cristobalita, nuestro hoy emérito era todavía jefe de Estado, de los ejércitos, garante de la unidad de España y de que ningún bárbaro Aníbal fuera a cruzar otra vez la piel de toro subido a un elefante. Según se desprende de su biografía secreta, nunca dejó el hombre de tener la escopeta cargada. Para proteger la patria, se entiende.

Sería descortés que sus súbditos conociéramos cuánta calderilla fue despistando el rey en paraísos fiscales mientras guiaba una democracia que los españolitos nunca hubiéramos podido articular solos, almas de cántaro, púberes votantes, inermes vasallos.

Lo cual que tenemos unas leyes que primero se incumplen para beneficio de delincuentes, y después se aplican taxativamente para que nunca sepamos quiénes fueron esos delincuentes. No me digáis que no vivimos en un país encantador.

Lo que nos vino a decir ayer Carmen Calvo es que el “interés político” de un partido en la oposición se diluye en fárragos legales cuando se llega al Gobierno. Quizá olvida la jurista y ministra cordobesa que, en el Congreso de los Diputados y a espaldas de los bancos de su Gobierno, se sienta un magma humano al que venimos llamando poder legislativo. Que cambia leyes y hace cosas, como diría nuestro añorado Mariano Rajoy. Santa Pola y cierra España, o sea.

PS: No sé por qué se me viene a la mente esta reflexión de Ayn Rand: “Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada”.