Opinion · Rosas y espinas

Casado y el beato del Tarajal

 

La victoria de Pablo Casado en las primarias del PP nos ha recuperado para la primera línea política a un señor piadoso y cruel simultáneamente, corto de luces y maquiavélico a la vez (para gozo de la paradoja), temible y ridículo a partes iguales. Jorge Fernández Díaz ha sido nombrado secretario de Interior y Libertades de la máster-ejecutiva popular.

Para los que andéis algo despistados o hayáis optado por la desmemoria selectiva en todo lo referente a los gobiernos de Mariano Rajoy, recordar que Fernández Díaz fue el ministro que ordenó disparar y gasear a un grupo de migrantes que nadaban hacia nuestra frontera, causando la muerte de 15 de ellos; que fue grabado en 2014 planificando fake news contra los dirigentes independentistas catalanes y presumiendo de que tenía suficiente mano en Fiscalía como para forzar investigaciones; el que defendió al comisario Villarejo por sus “relevantes servicios” y después lo negó como San PedroCristo (“si lo he condecorado, no me he enterado”); el que, además de a Villarejo, también condecoró a unas cuantas vírgenes, y el que presumió, con toda seriedad, de que siempre iba acompañado de un ángel de la guarda llamado Marcelo que le ayudaba a aparcar el coche; el que fue reprobado por todos los partidos en el Congreso, salvo el PP, a causa de “sus acciones y actitudes antidemocráticas y faltas de ética política”.

Los que pensaban que Casado, tras la victoria, iba a moderar sus palabras y modales cual ultra de Aravaca reconvertido en gentleman exquisto tras una temporada en Harvard, se equivocaban de plano. Casado viene a provocar, como lo demuestra este nombramiento. Ya se vio en víperas del congreso cuando disfrutó un almuerzo con José Manuel Soria, aquel ministro chulesco y ególatra que se parecía a Aznar y que tuvo que dimitir por tener cuentas en paraísos fiscales y por mentir en el Congreso.

Los corruptos, los maniobreros, los espías de los espías, los meapilas de siempre, los xenófobos como García Albiol no molestan en el morral moderniguay de Casado. Más bien al contrario. Son su enseña para demostrarnos que él es el verdadero salvador de las esencias de la derecha española. Los corruptos y los meapilas, y sobre todo los que son ambas cosas simultáneamente, forman también parte de nuestro glorioso patrimonio, viene a decirle al votante conservador.

Tampoco hay que asustarse demasiado. Aunque la alarma mediática ya esté alertando de la radialización ultra del nuevo PP. No va a ser para tanto. No existe tanta diferencia entre Casado y sus predecesores José María Aznar y Mariano Rajoy. Rajoy, con esa flojedad casi autista de quien pretende cazar moscas con los labios, fue un presidente cruel y feroz, y aunque no nos metió en ninguna guerra ilegal, sí castigó a las clases bajas y medias con un atilismo neoliberal asesino y salvaje. Solo por poner un ejemplo: ¿a cuántos españoles dejó morir durante su mandato por no aplicar la ley de dependencia?

Lo cual que Casado, por mucho que vocifere de Aravaca a Harvard, lo tiene difícil para superar el legado de sus maestros. Aunque personas como Jorge Fernández Díaz y su ángel Marcelo le puedan ayudar bastante. Suenan las trompetas como si volvieran la cruz y la espada, pero es solo puesta en escena: nunca se habían marchado.