Opinion · Rosas y espinas

Suicidas de Madrid

Un reportaje de Marta Belver en El Mundo nos advierte de que los suicidas madrileños aumentan a un ritmo del 18% por año. Los datos vienen del Instituto Anatómico Forense, que es como el VAR de la regata por la laguna Estigia. Incontestables. Nos dice la periodista que “los suicidios suponen ya la segunda causa de muerte violenta en la región, solo por detrás de los fallecimientos accidentales”.

Es curioso que en Madrid haya diez veces más suicidas por año (311) que asesinos (31). Y, sin embargo, la investigación de las causas de los suicidios no es abordada policial y judicialmente como riesgo para la seguridad pública.

Detrás de cada suicidio hay un asesinato irresuelto. Nadie se mata por placer, salvo algún dandi o alguna diva infrecuentes. Hay culpables detrás de cada suicidio. Pero somos tantos que no hay policía que nos abroche.

Que nadie lo tome como frivolidad, pero a mí me hacer meditar una sociedad que asesina diez veces menos de lo que se suicida. Ateniéndonos a esa estadística, el instinto de supervivencia empieza a ser una tendencia marginal, una rareza, una frikada.

Un tal Honoré de Balzac escribió que detrás de cada gran fortuna se esconde un gran crimen, y hoy quizá se deba decir que detrás de cada suicidio se esconden muchas grandes, medianas y pequeñas fortunas. Pero quedaría inconveniente comparar suicidio y crimen, pues la mancha de sangre del suicidio está tan repartida que sería imposible detectarla entre tantas manos.

A los que provocan accidentes se les multa. Y a los que provocan suicidios, no. Ni se les investiga. Creo que algún día nacerá un policía literario que investigará los suicidios. Será un personaje de ficción, pero precisamente por eso será también mucho más contundente, certero y creíble. Solo la literatura ha señalado a los grandes criminales de la historia. Los jueces nunca se han atrevido.

Platón ya meditó sobre el suicidio y se opuso a él furibundamente, aunque anotó tres rigurosas excepciones. Una de ellas era que el suicida padeciera una pena insoportable.

En Madrid ha crecido en un solo año un 18% el número de personas que deciden matarse, que padecen esa pena insoportable de Platón, que yo creo que con aquella frase, por primera y quizá última vez, convirtió en ciencia la psiología.

Observamos a los suicidas como seres que se odian a sí mismos, pero quizá se suicidan porque se sienten odiados por los otros. Por un banco. Por un periodista. Por un ministro. Por una factura eléctrica. Por una hipoteca triplicada. Por el dentista impagable del niño. Porque hace demasiado frío. Por el telediario. Porque hace excesivo calor. Por las adolescentes que se ríen por las calles cuando tú caminas jodida o jodido. Por todo junto.

En el reportaje de Belver, se entera uno también de que en España existe una Sociedad Española de Suicidología. Dice su director, Eduardo Andreu: “En determinados sexos, edades y en situaciones de desempleo sí parece que pudiera haber cierta correlación, pero poco más podemos concluir, porque incluso durante la crisis, cuando se produjo otro aumento, se constataron algunas contradicciones”.

Según los científicos, por tanto, los suicidas se nos están poniendo contradictorios tras la crisis. La crisis, quizá sí o quizá no, es la culpable de los suicidios, pero nadie sabe qué es la crisis. Ni ningún gobernante ni juez ha perseguido a los culpables de la crisis. Salvo dos o tres mediáticas y calculadas excepciones.

El caso es que nos suicidamos un 18% más al año. Si anduviera aun por aquí Pepe Carvalho, yo se lo haría investigar.