Opinion · Rosas y espinas

Suspirar democracia

Tenemos en España algunos ex presidentes muy peculiares. No sabe uno si ya eran peculiares antes, y por eso llegaron a presidente, o si la peculiaridad la va dando el cargo de ex presidente con los años. Porque ser ex presidente se ha convertido en un oficio, en un cargo (quizá de conciencia).

El otro día reapareció José María Aznar con la misma petulancia casi insultante que luce Felipe González cada vez que le ponen un micrófono ante el morro. Uno de sus momentos estelares se produjo cuando, al modo Eduardo Inda, Aznar volvió a repetir los fake-mantras sobre la financiación venezolana e iraní de Podemos.

Uno no entiende el pudor de ciertos políticos a la hora de llevar la mentira ante los tribunales. Recientemente, Pedro Sánchez hizo el amago de denunciar a ABC, después de que el torcuatiano diario desinformara sobre los plagios del presidente en su tesis doctoral. Al final, no lo hará. Cree ya limpio su honor. Sin embargo, la mentira sobrevive en la calle, en las tertulias ultras  y en los imaginarios personales y colectivos. Como somos un país que se miente a sí mismo sobre su pasado, convivimos con las mentiras presentes con naturalidad, corrompiendo de mendacidad nuestra democracia.

Las preguntas de Pastor

–¿Ha plagiado usted su tesis? –arranca la aguerrida periodista.

–No.

Creo que Pedro Sánchez debería haber respondido que sí, descolocando a la entrevistadora. Hubiera sido mejor para el espectáculo, para el brillo relojero del prime-time. La espectacularización de la información favorece la pervivencia de la mentira. ¿Cómo puede preguntar un periodista algo que ya sabe que es falso? Esa es también otra forma de manipular. Quizá más sutil y educada, pero no por eso menos perversa. Los periodistas somos culpables del circo en que se ha convertido el debate político. Quizá habría que preguntarse hasta qué punto es deontológica esa impudorosa caza y captura del lector, del oyente, del televidente insistiendo una y otra vez en vestir la pantalla con el ropaje escandaloso y vociferante que imponen los difusores de bulos. Si Pedro Sánchez hubiera respondido que sí, nos habría desmontado como periodistas, y quizá nos hubiera hecho meditar un poco sobre el oficio.

Claro que el presidente también podría haber respondido a la reportera: ¿no lee usted los periódicos antes de preparar la entrevista? Eso ya se ha demostrado falso, querida Ana. Sería otra forma, quizá mejor, de espectáculo.

Presidentes silentes

En la misma entrevista, el socialista se escuda varias veces en una frase inquietante: no puedo responder a eso, porque soy presidente del Gobierno. O sea, que los presidentes del Gobierno están obligados, por cargo, a no sincerarse ante los ciudadanos. No es de extrañar que, una vez convertidos en ex, se transformen en personajes peculiares.

La conclusión que uno saca es que el presidente no cree en la madurez intelectual de los españoles. Y por eso se arropa en el cargo para no responder. La transparencia debería empezar por ahí. Yo no creo que Pedro Sánchez esté encantado con matar niños yemeníes vendiendo bombas de precisión a Arabia Saudí. Y sin embargo, lo hace. Escudándose en oscuras y ocultas razones de Estado que usted no debe conocer, amigo elector, porque nadie está lo suficientemente preparado para las turbiedades del poder. ¿Democracia? Dejazme que suspire tristemente.