Opinion · Rosas y espinas

Asaltar los infiernos (demoscópicos)

Como en un otoño prematuro, vemos que las siempre veleidosas y, tantas veces, equívocas encuestas van alejando inexorablemente a Unidos Podemos de la cabeza de las apuestas electorales. La última, realizada por Celeste-Tel para los compañeros de eldiario.es, amenaza a los morados incluso con un descenso bajo los cincuenta diputados. El asalto a los cielos inaugural se está convirtiendo en otra cosa.

Podemos creció muy rápido y ha envejecido también demasiado rápido, como si en su genética nadara una mácula degenerativa que va atacando sus tejidos y órganos vitales.  En principio, el 15-M, la calle transversal, pareció haber conjurado por fin el miedo que le tiene España a una izquierda real. Apenas un lustro después, vemos que ese miedo persiste, y el votante acomodaticio y algo timorato regresa al PSOE, a la zona de confort, al viejo sillón de ver la política por la tele.

Podemos ha cometido pecados propios y ha pagado por otros que, más que pecado, eran virtud, como su presunta tibieza en el conflicto catalán. Aquí se le llama tibieza a todo lo que no sea gritar a por ellos, cuando de Catalunya hablamos. En otros asuntos, como ahora el debate sobre la ilegalización de la prostitución, han hecho sospechar a la izquierda más recia de su verdadera esencia progresista. La duda no se interpreta como invitación a meditar, sino como simple flaqueza.

No es casualidad que Pablo Iglesias aparezca una y otra vez como el líder menos valorado, cuando quizá sea, entre los cuatro candidatos (¿cuándo podremos decir candidatas?), el que luce un discurso de mayor altura intelectual y hasta ética. Qué habrá hecho este hombre para caer tan mal, siendo un seductor nato, el flautista de Hamelin del 15-M en el primer imaginario colectivo.

La propaganda seudoperiodística sobre burdas financiaciones venezolanas o iraníes no basta para explicar tanto desgaste. Son bulos que pueden haber sedimentado en los cerebros más acríticos de la derecha, y poco más.

Tampoco sería demasiado esperanzador creer que las divisiones internas hayan desmotivado a sus electores primeros, dado que todos los estudios coinciden en situar al votante de Podemos como el más avanzado en formación académica y cualificación profesional. Todo el mundo sabe que la izquierda real siempre ha sido, es y seguirá siendo una división interna con patas, una contradicción necesaria que muta dependiendo de las necesidades de la historia. La división interna no puede haber asustado a casi nadie.

El hecho es que la “oposición virtuosa” que cantaba Íñigo Errejón está llevando a UP a asaltar los infiernos demoscópicos por razones que ni nuestros politólogos catódicos más deslumbrantes son capaces de explicar. En el fondo queda un poso de melancolía sucia por lo que pudo ser y no está siendo del todo. Yo le tendría más miedo a este desgaste que al ascenso de VOX. La ultraderecha siempre ha vivido entre nosotros, y no está mal que ya se atreva a gritar vivas a Franco en los mítines. Descartado desde hace décadas el PSOE como partido sinceramente izquierdista (hasta el traje socialdemócrata le va un poco estrecho, por los michelines neoliberales), no sé dónde nos vamos a meter los rojos sin resignarnos a militar en un partido muleta. Empieza a hacer frío en la Puerta del Sol.