Opinion · Rosas y espinas

Mordazas atendidas

Si las cosas no naufragan en el chapapote en que nos tienen enlodados nuestros variopintos nacionalismos, pronto desaparecerá la ofensa a la religión de nuestro Código Penal. El Parlamento acaba de admitir a trámite una proposición de ley para que cagarse en dios no sea delito. Con todos los católicos que cada día se cagan en dios, se llenarían los infiernos dantescos tres veces. Pero, sin embargo, por razones ignotas, los católicos están hoy muy enfadados. No solo se rompe España. Se rompe el cielo.

Yo mismo acudo hoy gozosamente, como imputado, a un juicio por un delito de odio contra la iglesia católica, cuando todo el mundo sabe que nunca he gozado de suficiente inteligencia como para odiar a nadie.

En las antípodas de este asunto, escucho en las radios que el Gobierno de Pedro Sánchez estudia penar la exaltación del franquismo. Es una medida que serviría para acotar el edén expresivo que gozan libremente instituciones como la Fundación Franco, cuyas llamadas a la violencia y a desmontar el orden democrático nunca han recibido la elegante atención de nuestros jueces y fiscales. Por no hablar, siguiendo con el tema, de la pederastia. Nuestros magistrados no solo no han perseguido a los pederastas, sino que han hecho oídos sordos a los prelados que, públicamente, hacían apología de ellos: “Hay menores que desean el abuso e incluso te provocan”, dijo el obispo de tenerife Bernardo Álvarez hace ya años sin que, por supuesto, tampoco pasara nada (por cierto, ¿cómo se va a considerar delito el odio a una iglesia que se comporta así con los niños?).

Mirando la historia, la apología de la iglesia católica –y de cualquier otra–debería ser incluso más delito que la exaltación del franquismo (el papa de Roma también apoyó el nazismo, la Inquisición, innumerables crímenes contra el saber y la ciencia, contra la mujer y otras menudencias). Pero consideraré siempre excesivo que su exaltación oral o escrita pueda ser ajusticiada desde el Código Penal. En Alemania han sido extremadamente concienzudos con el trato dado a Adolf Hitler, y eso no ha impedido el surgimiento de partidos bigotudamente hitlerianos.

La libertad de expresión nunca se defiende con tijeras u otros objetos cortantes. Solo hay que regularla cuando fallan horriblemente dos de los pilares de la convivencia: la educación y la Justicia. Esa doctora loca a quien visita mi conciencia esta mañana.

A esta ecuación habría que añadir “la educación de la Justicia”. ¿Qué educación tienen esos jueces que ignoran loas a un genocida y condenan a un aceitunero de Jaén por vestirse de Cristo en Instagram? ¿En qué punto se sobrepasa con ellos la libertad de expresión? ¿Llamarles fanáticos es excesivo? ¿Peor que malvados? O villanos, nocivos y canallas, inicuos, abominables y abyectos, indignos, torpes y siniestros, despreciables, degradantes, serviles, innobles, infames, indecentes, rastreros, execrables, maldecidos, virulentos, monstruosos, aviesos, corrompidos, prostituidos… Buf. ¿Cuál de estas palabras sobrepasa los límites de la libertad de expresión, estando todas contenidas en la RAE?

Toda castración a la libertad de expresión, incluyendo a la Fundación Franco, significa que no hemos sido capaces de crear una sociedad lo suficientemente culta como para que las barbaridades, soflamas y sandeces solo tengan el eco de la indiferencia civil. Como cuando nos reímos en los bares de un borracho gritando viva Franco o que hay que degollar a Lopetegui. El delito no está en lo que se expresa, sino en lo que hace después la sociedad puñalera con esas expresiones.

En Francia, la prestigiosa editorial Gallimard y el Gobierno acaban de tener una sesuda y paciente discusión sobre si se pueden publicar los cuadernos nazis de Louis Ferdinand Céline, escritor esencial en la historia de la literatura del siglo XX. Si seguimos así, algún día se discutirá si reeditar el Confieso que he vivido de Pablo Neruda por sus simpatías con el régimen soviético. La libertad de expresión es un animalillo que no existe, como el gamusino, y por eso es tan sencillo de cazar. Yo, como ecologista, lo dejaría que siguiera inexistiendo libremente en la naturaleza. Sin tanto Código Penal.

Me voy a mis jueces, oh despiadados lectores. Llevadme filetes de libertad empanada a la cárcel de Soto del Real.