Opinion · Rosas y espinas

Dios encuentra a Pedro Duque

Tras soportar un gobierno de Rajoy que apenas gastó el 30% del presupuesto dedicado a investigación científica en 2017, nos llega ahora el ministro del ramo, Pedro Duque, a la sazón astronauta, y a la sazón socialista, a decirnos que va a intentar derogar el Reglamento de Disciplina Académica impuesto por el franquismo en 1954. No sé si se estará precipitando este arrojado alunicero. “Voy a atreverme a intentarlo”, ha declarado cual Bruce Willis segundos antes de explosionar, a costa de su vida, el Armagedón.

Tiene cierta gracia el asunto, pues aquella ley franquista permitiría expulsar del mundo universitario y académico a todos los participantes en las recientes consultas que se han desarrollado en campus de toda España sobre la monarquía. Más de un 80% de alumnos y profesores han votado mandar a la mierda a los borbones.

A pie de ley, han puesto en juego su expulsión de la institución docente. Aquella norma, que nuestro ministro va a “atreverse a intentar” cambiar, permite condenar, disposición primera del artículo dos, “las manifestaciones contra la religión y moral católicas o contra los principios e instituciones del Estado. Se estimará como agravante de las mismas el haber sido cometidas en el desempeño de la función docente”. Por si algún paleto como yo no se ha enterado, esta disposición, aun hoy, sigue vigente.

En 1985, quizá con poca vergüenza, el PSOE de Felipe González se desmelenó, despenalizó el heliocentrismo y la teoría evolutiva, y derogó la parte de la ley referida al personal docente de los centros universitarios. Con lo cual, en nuestras universidades, ya se podía enseñar que la mujer no nació de una costilla de Adán sin miedo a ser expulsado. O desmentir ex cátedra que una señorita de Belén pueda ser preñada por un palomillo sin conocimiento carnal (BOE-A-1985-11578).  En todo caso, profesores de institutos y colegios, además de alumnos y funcionarios de cualquier otro rango, siguen sometidos a esta simpática y algo excéntrica inquisición. Que permite a cualquiera denunciarlos y condenarlos con la ley española en la mano por cuestionar en los colegios lo de Adán o lo del palomo preñavírgenes como verdades peligrosamente inasumibles.

Las creencias son cosa muy libre y altamente respetable. Sobre todo cuando no apoyan e incitan al nazismo en Alemania, al fascismo en Italia, al franquismo en España, al videlismo en Argentina o al pinochetismo en Chile, por poner solo unos ejemplos tan azarosos como aislados, y que apenas tuvieron repercusión en la superpoblación de nuestros cementerios.

Si en algo han sido eficientes los católicos, es en mandar a la verita de dios, a tiros, a todos los que no creían en dios. No me digáis que no han sido piadosos.

Nuestro ministro socialista de Ciencia en un país laico como España, se lo ha explicado clarinete a sus votantes agnósticos. Con lunática osadía, ha expresado: «Tengo que ser cauto, porque si todos los gobiernos de España no han cambiado (el Reglamento de Disciplina Académica de 1954), tengo que ver por qué ha sido, porque a lo mejor es muy difícil».

A ver, coño, señor científico, astronauta e ingeniero aeronáutico: lo difícil es aceptar ese reglamento en pleno siglo XXI, XX, XIX y XVIII.

La ciencia nunca ha sido enemiga de la religión, pero la religión ha sido siempre asesina de la ciencia. No se conoce ningún científico que haya asesinado jamás a un cura. Del viceversa, os puedo das miles de ejemplos, señor ministro. Hay que elegir. Ya va siendo hora. Ya va siendo año. Ya va siendo siglo. No basta con «atreverse a intentar».

PS: Y luego nos dicen que no hay franquismo, que no hay leyes franquistas, que no hay educación franquista. Anda y que os folle un palomo. Vamos a atrevernos a intentar que se cambie esa ley. Ya. Porque mañana alguien podrá hacer uso de ella.