Opinion · Rosas y espinas

Silenciar un ruido

Algunos de mis más elocuentes compañeros de tajo andan propalando que la estrategia  que debemos seguir los periodistas conta el fenómeno Vox es silenciarlos en la medida de lo posible, hacerlos desaparecer del foco, no entrevistalos, diluirlos cual azucarillo en forma de cruz gamada. Pues yo creo más bien todo lo contrario: hay que sobrexponerlos, matarlos de divismo, ampificar su mensaje y analizarlo después con precisión entomológica. El periodismo de datos se hace, con ellos, más efectivo que con nadie. Y también hay que perder el pudor –no el rigor– a la hora de calificarlos. Si son mentirosos, fascistas, amantes de la violencia y los fusilamientos «con amor» hay que sacar constantemente ese campo semántico a los titulares, no solo a las columnas de opinión. Nos va a costar una pasta, porque estos tíos están forrados, y van a llover demandas por todos los confines de la envejecida España sobre la joven prensa. Tienen todo el dinero de los hijos de aquellos fascistas que saquearon España durante cuarenta años. Y algunas otras donaciones, parece, de más siniestro incluso líquido amniótico.

El eco mediático puede favorecerlos al principio, vale, pero si hacemos bien nuestro trabajo periodistas y lectores (y es un trabajo, sobre todo, de los lectores), el aguilucho imperial acabará encogiéndose hasta convertirse en un sucio piolín embreado de chapapote.

La estrategia de ningunear a los fascismos emergentes es la que llevó a la delirante victoria de Donald Trump en EEUU (la carita que se le quedó a la prepotente Hillary Clinton es casi la misma que tenía la faraónica Susana Díaz en la noche electoral de autos). Vox es de facto, y debe ser en nuestras conciencias, el protagonista del tiempo político que se nos viene encima. Fueron los únicos ganadores de las elecciones andaluzas. Aun están disparando salvas a las estrellas cual el José Antonio más poético (imaginad cómo era el otro). Y conviene aceptarlo. Es democracia, chicos. Se merecen estar en el cartel de la película. Otra cosa es el talento que pongamos nosotros para pintar ese cartel.

Tristemente, va a ser difícil arrastrar a esta estrategia a periódicos que, como El Mundo, permiten a tipos como Fernando Sánchez Dragó salpicar sus columnas de mendacidad y datos falsos (los mismos que vocea Vox). Habrá que inventar para estos personajes una figura hermana y más belicosa que la fe de erratas. El Mundo puede justificar en la libertad de expresión las peligrosas lisergiadas de su articulista, pero los periodistas de El Mundo tendrían que exigir a sus directores que, de una manera u otra ,el propio periódico rectifique los datos falsos que se han vertido en sus páginas. Se llama, simplemente, deontología. Y se ha hecho más veces en esa misma casa (recuerdo los casos de Salvador Sostres, después despedido, o del inefable Arcadi Espada).

Además, silenciar a Vox será imposible mientras el partido más votado de España, al que no se le puede negar foco mediático, se adentre en sus mismas trincheras ideológicas y en sus yermos campos semánticos sembrados de negratas y feminazis. Vox es, en puridad, un ruido. Un ruido hondo que viene de la profundidad rocosa de España, de la crueldad y la incultura. Y no se puede silenciar un ruido. Así que a empuñar las guitarras feroces, camaradas. No se me ocurre mejor arma contra el folclore sangriento del ruido.