Opinion · Rosas y espinas

La risa de la derecha

 

Cuando nació Podemos estuve a punto de traicionar una de mis fobias más queridas, que me condena a no ver series, y entregarme a Juego de tronos, la ficción fetiche de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Parecía entonces necesario arrojarse a la producción de HBO para terminar de comprender un fenómeno que no se me alcanzaba mucho, pues era como una mixtura de política y druidismo, entre Puerta del Sol y la ciudad de Hamelin; un mesianismo colectivo donde todos éramos dioses mitológicos; un barbitúrico excitante; un raro poema incapaz de imprimirse en ningún libro, pero sí en todos los vientos a la vez, y no sé cuántas cursilerías más.

—¿Jijijí, y esta semana por qué no escribes de lo de Íñigo Errejón? —me pide/exige con malicia cizañera doña Engracia, que cada día que pasa se me vuelve más derechona.

A nuestra fascistería más amable y civilizada, y también a la otra, le da mucha risa ese constante KO que sufre el púgil podemita en cada asalto a los cielos. Es una risa similar a la que no pueden reprimir algunos cuando a un dandi se le tuerce la peluca, un transeúnte resbala con una monda de plátano o un gendarme pisa una mierda de perro. Es, sin duda, la risa que más duele.  La más maligna, precisamente, por más inocente y espontánea. La más humillante. Más humillante incluso que las batas enseñaculos que nos obligan a ponernos en los hospitales por razones solo descifrables en el sadismo médico. Yo siempre me niego a vestirlas, no como Podemos cuando se le almorrana la fraternidad. Jijijí.

Se ríe la derecha de la división de Podemos cuando su marca madre, el Partido Popular, anda en sí misma disociada entre aznaristas gürtelianos, marianistas barceneros y huelebraguetas, y casadistas masterizados en una harvardavaca falsa (grande el líder del PP, no solo capaz de inventarse un máster, sino también su campus onírico con unicornios azules doctorando ex cátedra). Compiten a ver cuál de las tres generaciones es más corrupta, pero en leal concurrencia, sin puñaladas por la espalda. No como otros, jijijí.

A todas estas divisiones de nuestra derecha matriz habría que añadir la naranja mutante, que ha virado del integrismo ultracatólico, inquisitorial y blandifascista de Libertas en las europeas de 2009, al credo socialdemócrata más tarde, y al neoliberalismo 155.0 finalmente.

Pero hay más. No podemos olvidar la postrera escisión protagonizada por los galopines xenófobo/iraníes de Vox, que casi han obligado a PP y Ciudadanos a reformar el Estatuto de Andalucía para que incluya en su articulado que la tierra es plana.

La división de la derecha también afecta a la mismidad íntima de sus acólitos. Vargas Llosa, por ejemplo, acudió este fin de semana pasado, en distinto sitio y a la misma hora, a un acto del PP y a otro de Ciudadanos sin despeinarse el bótox. Un malabarismo espacio/temporal que ya le admirábamos en sus maravillosas novelas, pero que no maliciábamos posible en su pellejo mortal. A ver si además de dos carnés de partido vamos a tener que otorgarle dos nóbeles a don Mario, como a Churchill, y dos Isabelas Preysler, que salen aun más caras.

El caso es que la derecha se rompe en mil fragmentos, y cada uno de los fragmentos se descojona de lo de Errejón. Y llevan razón. Aunque sean como el ciego que se ríe del tuerto. Porque la derecha española es una unidad de destino en lo universal, una orgía de novios de la muerte que no hacen ascos a ningún tipo de coyunda carnal o intelectual. Ahora saben que ya les conviene, incluso, aquella vieja e ignorada propuesta de la izquierda verdadera de reformar la ley electoral para que la representatividad parlamentaria sea más acorde a lo votado.

En cuanto a lo de Errejón, doña Engracia, solo decir que hice bien siendo fiel a mis fobias al no ver Juego de tronos. Era un espóiler de lo que iba a suceder con Podemos, y yo siempre prefiero el libro a la película, como la rata del chiste. Jijijí.

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P.S.: Escribió Manuel Vázquez Montalbán en los socio-felipistas años 90: “Prometeo robó el saber o el lenguaje o el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, y los jóvenes revolucionarios de casa bien le robaron el marxismo al proletariado para dárselo a la CEOE”. Y con esto no es que quiera añadir nada, doña.