Opinion · Rosas y espinas

De jueces y fragatas

Nuestro sistema judicial será imperfecto, tedioso y perversamente sobrepolitizado, pero nadie le puede negar el talento para ofrecer al espectador internacional la imagen de la España posfranquista de la que estamos tan orgullosos.

El Tribunal Supremo acaba de alegrar el share de las televisiones de todo el mundo anunciando que este 21 de mayo podrán emitir el show de cuatro parlamentarios y un senador, electos en Estado democrático, acudiendo a tomar posesión de sus cargos montados en vehículos policiales y custodiados por agentes incluso durante las sesiones. Yo creo que si los llevan esposados y con capuchas estilo guantanamero ya lo bordamos como marca España.

No creo que a Oriol Junqueras, Jordi Turull, Josep Rull, Jordi Sánchez y Raül Romeva les importe ya demasiado, después del año y medio que llevan en prisión provisional. Tampoco estaría de más un grupo de extras y Rocío Monasterio cantando el a por ellos a los pies de los leones del Congreso.

España sigue siendo un país que aporta estampas muy berlanguianas y valleinclanescas a los extranjeros que quieran acercarse a nuestra cultura y costumbres. En este asunto del procés, si uno repara en la prensa extranjera, nos observan como una especie de anacronismo folclórico y guardiavivilero que les causa más gracia y más ternura que preocupación.

En muchas crónicas, los enviados especiales y analistas contextualizan al lector recordando la figura de Francisco Franco. Lo citan con condescendencia hacia nuestro país y nuestros políticos, como si todavía fuéramos un pueblo con nostalgia de su atraso y nos viniera algo incómodo el traje democrático.

Cuando gobernaba Mariano Rajoy, se decía mucho que los indepes estaban ganando la batalla del relato en Europa por la inacción diplomática de los conservadores. Las cargas policiales del 1-O, más salvajes de lo recomendable para ojos sensibles, contribuyeron a que se observara con cierta simpatía la resistence catalana y se reafirmara el tufillo a Estado autoritario que a veces aun desprendemos. Ahora, conducir a los políticos presos en una lechera policial al Congreso y al Senado volverá a tiznar de blanco y negro nuestra imagen. Y, seguramente, los malintencionados periodistas judeomasones de Europa van a recordar que los reos son preventivos desde hace año y medio, lo que sin duda va a alarmar a los más bienpensantes.

Judicializar el procés a lo cazurro como hizo el PP nos ha llevado a un callejón sin salida. Pase lo que pase con la sentencia, vamos a quedar mal. Y tenemos muy cercano el caso de Sandro Rosell, uno de los misterios judiciales más inextricables de las últimas décadas. Salió absuelto en la Audiencia Nacional tras permanecer casi dos años en preventiva.

La verdad es que, si nos abstraemos y nos observamos desde fuera, somos, por lo menos, muy folclóricos. Hacemos cosas extravagantes, como apoyar con una fragata un destacamento marítimo estadounidense, mendigando un contrato para Navantia, y a mitad de camino volvernos con nuestros marineritos por si al loco de Donald Trump le da de repente por invadir Irán. A nadie del Gobierno español se le había ocurrido que un grupo marítimo de combate no se echa al mar para hacer turismo y dorar a las tropas para un calendario.

Las explicaciones de nuestro ministro Josep Borrell sobre las razones de la espantada de la fiera fragata española Méndez Núñez son para emitirlas en Quinto Milenio: «Prefiero no entrar en arenas movedizas. Es una situación complicada la que vivimos en esas zonas del mundo, pero tampoco hay que tomárselo a la tremenda». Cuando nuestros socios europeos observen al futuro europarlamentario y ministro de Exteriores en funciones no tomarse a la tremenda un paseo militar del ejército de Trump en el Golfo Pérsico, zona de tradición pacífica casi milenaria, tendrán una razón más para vernos como esa rareza folclórica que, tristemente, somos.