Opinion · Rosas y espinas

Desmemoria histórica

La Universidad de Alicante ha decidido eliminar el rastro documental y bibliográfico de uno de los verdugos del poeta Miguel Hernández. El nombre de Antonio Luis Baena Tocón, secretario judicial del consejo militar que condenó a muerte al poeta, ha sido borrado del pasado porque su hijo considera que documentos de historiadores «lo presentan como verdugo y fue una víctima más». Baena era alférez del ejército franquista, y quizá era un buen fulano y un buen padre, pero eso no justifica que se puedan castrar datos objetivos a la memoria de los españoles. Esto sucede en un país donde miles de defensores de la democracia, que lucharon y murieron contra el franquismo, nunca han sido reparados y descansan en la inmensa cuneta española con los estigmas malhechores que tuvieron a bien imponerle los juzgados caprichosos y antigarantistas del dictador. Esos muertos, a ojos de la historia documental, siguen siendo traidores a la patria, bandoleros o asesinos sin que ningún tribunal democrático haya revisado su sentencia.

Es más fácil borrar que revisar la historia. Aquí nuestra historia la revisamos tan escasamente porque nos da un poco de vergüencita, sobre todo a los vencedores y a los borbones (que vienen a ser lo mismo). Los franquistas de hogaño ya solo son fascistas en la intimidad. Hasta Vox se enfada cuando se le menta a la momia ferrolana como referente ideológico y ético (risas). En la batalla por la memoria histórica se está imponiendo el bando de los desmemoriados históricos, esos que no quieren que se sepa de dónde, de qué expropiaciones vino su fortuna, sobre qué crímenes se cimentó su genealogía. Cualquier día las universidades van a borrar al asesino Francisco Franco de nuestra historia porque se sienten ofendiditos sus descendientes. En ese plan vamos.

España es un país excepcional porque es el único europeo en el que el fascismo ganó la II Guerra Mundial, en aquel experimento previo que nominamos Guerra Civil. Los libros de historia que estudian nuestros colegiales aun referencian la presunta neutralidad de Franco en el gran conflicto, cuando fascistas alemanes e italianos experimentaron sus artes asesinas en nuestro territorio desde 1936, y después recibieron a cambio la presunta heroicidad de la División Azul en la defensa de Hitler y Mussolini. Nos asombramos mucho con la neolengua, pero convivimos desde niños con la neohistoria. Somos personajes reescritos por los vencedores. Y así nos va.

Que el ámbito académico permita borrar el pasado porque un señor se basa en la ley de protección de datos para limpiar la biografía sangrienta de sus ancestros es un atentado contra la verdad. El alférez Baena estaba allí, cómplice del asesinato diferido del esposo soldado, de Miguel Hernández, y tenemos derecho a saberlo. Los historiadores tienen derecho a contarlo. Si le concedemos a su hijo el beneficio del borrado histórico estaremos traicionando nuestra verdad. Nuestra triste verdad.

En estos tiempos en que los tres catetos del triángulo trifachito se ponen cara de asco unos a otros para parecer más democráticos, esto del ocultamiento de alféreces fascistas nos puede parecer hasta natural. Siempre se dice que un pueblo debe de conocer su historia para no repetirla. Aquí vamos al revés. Aquí los vencedores, los hijos y nietos de los vencedores, nos niegan el conocimiento, a ver si la historia se repite. Yo no lo asumo con demasiada tranquilidad. España es como el enfermo que no quiere diagnosticar su patología. Muramos ignorantes y en la paz de dios.