Opinion · Rosas y espinas

Pactofobia

Lo de Ciudadanos tras el Día del Orgullo es, además de una ridiculez, un síntoma. Anunciaba ayer Albert Rivera, muy serio, que iba a llevar ante la fiscalía los insultos recibidos en la manifestación LGTBI de este fin de semana como delitos de odio. Porque, según la jefatura superior de policía de Madrid, en la tarde de autos solo hubo insultos, algún empujón sosegado por 20 policías infiltrados entre los naranjas y el lanzamiento de una botella de plástico vacía. «El partido de los valientes», como autocalificó Rivera a los suyos, se asusta con muy poco.

Uno comprende que a C´s no se le recibiera con simpatía en la vindicativa manifestación. No se puede vestir por la mañana el capuchón del ku-klux-klan para pactar con Vox y por la tarde ponerse la camiseta arcoiris, por mucho fondo de armario que uno tenga en su ideario cool. Rivera y Arrimadas deberían de informarse en wikipedia –que es su biblia– de que no se le puede encender una vela a dios y otra al diablo usando la misma cerilla.

Vox rebautizó el Día del Orgullo como el Día del Hedor mientras acordaba o desacordaba futuros gobiernos con los naranjas. Los hedonistas no  hedoristas del Orgullo, que no son gente desinformada, saben que la llegada de Vox a las instituciones, de la mano de C´s y PP, ponen en riesgo décadas, siglos y milenios de lucha por la igualdad. Yo, de haber estado en la mani-fiesta, también le hubiera echado a Arrimadas un vasito de agua por encima, salvo en el caso de que hiciera mucho frío. Eso no es odio. Lo que sí es odio es dejar que los neofachas homófobos se metan en los colegios y en los hospitales, puedan pedir listas negras de migrantes y enseñen a los niños a matar toros por diversión.

Ya dije que lo de aquel día fue un síntoma. De todo lo que está pasando en España para que se esté convirtiendo en ingobernable. La pactofobia generalizada que estamos observando no nace de las diferencias ideológicas, sino de las enormes dosis de hipocresía que alientan unos a otros cada vez que abren la boca.

Al PSOE le pasa lo mismo que a C´s. Se dice partido de izquierdas, federalista y republicano, y no se atreve a pactar con la izquierda ni a dialogar con los republicanos. Disculpa Sánchez su pactofobia en el ansia de sillones de Podemos. Como si la política, la honesta y la deshonesta, no consistiera en eso: en repartirse los sillones desde los que legislar, no para repantigarse. Es como si se le afeara a alguien el presentarse a las elecciones para lograr un escaño. La democracia consiste en eso. La democracia, básicamente, es el juego de las sillas, chavales del PSOE. A ver si nos inventamos excusa más imaginativa para enterrar al pobre Pablo Iglesias en las cunetas del ostracismo.

De lo que nadie habla, en este barullo de pactofobias que alarizan desde derecha e izquierda, es en la necesidad urgente de normalizar las relaciones con el independentismo catalán. Evidentemente, tal actitud no se le puede exigir a nuestra derecha, alimentada secularmente del odio a lo distinto que hoy verbaliza impúdicamente Vox, socio andaluz de PP y C´s. Los ilusos aun creemos que el PSOE sería el único partido con posibilidades de gobernar que podría dar esa batalla (por favor, incruenta). Pero un amplio sector del PSOE le tiene miedo a España. A la realidad plurinacional que fue, es y será España. La pactofobia del PSOE es tan enorme que ni siquiera consigue pactar con sus propios principios fundacionales. Los tienen guardados en la caja fuerte de un banco, que allí, como todo el mundo sabe, están más seguros.