Opinion · Rosas y espinas

Pelos en la lengua, en las axilas y en el coño

La primera gran conmoción vital que casi todos los hombres y mujeres compartimos es la aparición de los primeros terciopelos en el pubis. Da igual que sepas que algún día va a ocurrir. La cosa no termina ahí. No sé si fue en Cuarteto que Manuel Vázquez Montalbán describía el hallazgo casi traumático de la primera cana en el coño de una de las protagonistas. Le daba al genial novelista para unas cuantas páginas de desasosiego femenino y funeral. Una cana en el coño es el principio del fin. El heraldo blanco de la primera muerte. Nuestros pelos, como las uñas, son entes cargados de profundas simbologías. Mueren constantemente en nosotros, pero siguen viviendo y creciendo cuando ya estamos muertos. En todo caso, la uña no pueden competir con la potencia tanatológica del pelo. Lo dice la cultura popular, que no concede aforismo ninguno a la cutícula pero sí al cabello: dentro de cien años, todos calvos. Por no dejar a Thanatos sin su Eros, añadir este otro que, sin citarla, sexualiza a su modo la pilosidad: el hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso.

Mientras vagaba estos días por los laberintos soñados y reales del Congreso de los Diputados, andaba yo bastante menos preocupado por los acuerdos de investidura, el futuro de España y las estupefacciones histéricas y el gorroneo ideológico de Albert Rivera e Inés Arrimadas, que por los pelos. Para colmo, lo primero que hace Pedro Sánchez nada más quitarse la máscara de El Zorro, y quedarse con la jeta socioneoliberal de Don Diego de la Vega, es cargarse al Coletas. ¿No se podía cargar a un ministrable calvo para mitigar mi peligrosa obsesión?

Intento refugiarme en el debate como un gato que se ahoga en las bolas de su propio pelo que se le han atorado en la garganta, y Pablo Iglesias va y cuenta las negociaciones tal como fueron: “Les hemos pedido competencias en Hacienda, en Vivienda, en Trabajo, en Igualdad, en Transición Ecológica… Nos han dicho que no. ¿Qué nos ofrece? Dígalo a la Cámara”. O sea, sin pelos en la lengua. Abandono el hemiciclo y llamo a mi psicóloga, la misma que me diagnosticó, entre otras veintitantas enfermedades mentales, la tricotilomanía: hábito recurrente e irresistible consistente en arrancarse el propio cabello.

–Te llamo en un rato. Estoy en la pelu.

Siento que la queratina se empieza a convertir en mi kriptonita particular. Me pongo a trastear eldiario.es, porque no hay nada mejor para que se te caiga el pelo que leer a la competencia informando más y mejor y más serio y tal. Y veo que mi adorada poliartista Paula Bonet se marca un derrame titulado Pelos en el coño: «Bajamos al Electropura. Me encuentro con un amigo de una amiga y al final de la noche acabamos en mi casa. Después de todo el magreo en el bar y de los lametazos en cara y tetas, el colega me baja la falda. Joder, Bonet, pensaba que lo llevarías más arregladito. Joder- Bonet- Arregladito. Sí, habéis leído bien: Pensaba que lo llevarías más arregladito. No supe mandar a aquel señor a la mierda y empecé a arreglarme el coño. Empecé a estar también más atenta a los sobacos y a las piernas. A mis casi treinta la broma Es que soy de Bellas Artes mientras levantaba un brazo empezó a perder la gracia».

Finalmente, me voy a twitter, donde se censuran pelos y coños y mujeres lactantes y todo lo que no tenga que ver con la piadosa ingeniería financiera. Y me encuentro esto de un concejal del PP. Y se me cura, de repente, toda mi animadversión a los pelos.

El australopitecucismo de nuestra derecha moderada y liberal exige a las mujeres pasar por el depilador cada mañana antes de mostrar su currículum: «Licenciada en Psicología, máster en Psicología de la Educación, doctorado en Formación de Profesorado Universitario, una residencia concedida para Harvard», escribía el otro día Gabriel Rufián.

Pero tiene pelos en los sobacos y quizá en el coño. Vaya aberración proetarra, feminazi y separatista. En la próxima ley de igualdad, propongo que todos los congresistas, al pasar por el arco de seguridad del Congreso, se bajen los pantalones a ver si llevan pelos en los huevos. Este es el nivel de nuestra derecha liberal feminista. Una cosa que se han inventado para mirar las axilas de las mujeres. Ya que de las mujeres, aparte de un agujero físico e intelectual, no desean otra cosa que una depilación. Nivelazo político e intelectual. Pedro Sánchez, que ansiaba maridaje, complicidad y abstención de este PP de los sobacos, le va a ofrecer a Montero la vicepresidencia de depilación y láser, cargada de contenidos programáticos. Vete a depilar en vez de estudiar a Lacan, querida Irene, no vaya a ser que tu inteligencia no deje ver los pelos de tu coño. Con perdón. Con todo el perdón. Pero así es como piensa esta gente a la que ruega la abstención (masculina y femenina) Pedro Sánchez.