Opinion · Rosas y espinas

Mujer abate ídolo

«Es una vergüenza que tu marido no entienda sobre tu carrera». Con esta frase, Plácido Domingo terminó de convencer a una de sus jóvenes partenaires de que mantuviera relaciones sexuales con él a pesar de ser casada. Las nueve acusaciones por abuso contra el gran tenor español serán consideradas por algunos como «un ataque al hombre», al varón en general, como nos vino a decir Isabel Díaz Ayuso en su algo desangelado discurso de investidura. Es lo que viene a señalar también el propio cantante en su poco afortundo comunicado, intentando exculparse con argumentos un tanto peregrinos: «Reconozco que las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado». O sea, que antes las reglas y valores permitían abusar de mujeres desde posiciones de poder y privilegio. Lo has arreglado, chaval. Eso sí que es dar el cante.

De momento, la revolución feminista es la única que va consiguiendo, realmente, que el miedo cambie de bando. Las palabras de Domingo vienen a decir algo así como que el delito ha prescrito, como quizá hayan prescristo aquellas viejas y folclóricas costumbres, le faltó añadir. Eran cosas de hace treinta años. El chantaje sexual era, en aquel tiempo, acervo popular muy español entre los poderosos.

A lo largo de su ya dilatada carrera en un mundo machista y arribista como el del periodismo, uno ha encontrado hombres que abusaban de su posición de privilegio, pero también contabilizó a muchos que no lo hacían. La excusa del tenor es ridícula: como si el concepto de atrocidad hubiera cambiado tanto en 30 años. Una violación sigue siendo tan bárbara en los años 90 del XX como en el siglo XI. No es opinable ni, éticamente, prescribe.

Como hombre de cultura que es, debería Plácido Domingo haber tenido en cuenta que la violación, o cualquier abuso sexista, a lo mejor no estaba mal vista entre tipos como él hace treinta años. Pero es que ya en el siglo XIII, solo por buscar un ejemplo tópico, el Cantar de Mio Cid nos relataba la violación de las hijas de Rodrigo por los Infantes de Carrión como cosa fea, deplorable y digna de venganza. No es cuestión de costumbres y tradiciones. Tiene más que ver con la lesa humanidad. Y, en este caso paradójicamente, con la cultura.

Las recientes acusaciones no van a convertir a Domingo en ídolo con pies de barro, ni su bel canto se deformará en gorgoritos para desgracia de la historia de la música. Por suerte, la obra de un artista es independiente de las iniquidades o bondades del creador. Se dice, de hecho, que de las buenas intenciones solo nace mala literatura. Pero ejemplos como este sí que nos servirán para entender nuestra propia historia. Y, caso de que dé tiempo antes del fin del mundo climático, enmendarla. De eso trata el feminismo. Supongo.

A veces, cuando releo viejos libros míos o de otros autores contemporáneos, siento cierta vergüenza por la cantidad de salvajadas sexistas y homófobas que contiene nuestra literatura (la universal: en esto no se puede ser provinciano). Tanto pudor produce encontrar aquellos viejos chistes de mal gusto en letra impresa, que te dan ganas de reescribirlo todo, de borrar el yo viejo que tanto tardó en comprender la igualdad y el respeto. Es lo que le sucede a Plácido Domingo. Pero él no solo tiene que olvidar palabras. Y no solo él es el que tiene que olvidar.

–¿Cómo le dices que no a dios? –se preguntaba una de las acosadas antes de rendirse al abuso.

Hay preguntas que lo responden todo.