Opinion · Rosas y espinas

Pactillos a la mar

La estrategia de Pedro Sánchez, consistente en puridad en desquiciar a Pablo Iglesias, lo que está consiguiendo es desquiciarnos a todos. Va de nuevo el presidente camino de repetir aquella negociación de tres días durante la cual apenas dio tiempo a apalabrar un revolcón, y no un matrimonio de cuatro años, con Podemos y los nacionalistas sensatos y de bien, que vienen a ser aquellos mismos que no hace tanto rompían España con su plan Ibarretxe. Cómo cambia el cuento de Caperucita.

El insulto más o menos velado a Podemos ha sido la tónica del discurso socialista para negar un gobierno de coalición. La vez pasada ya lo advirtió el podemita Rafa Mayoral en brillante epigrama: «Cuidado, que solo tenemos dos mejillas». Exageraba a la inversa. Yo ya llevo contabilizadas catorce o quince.

La elección de Carmen Calvo como portavoz estival no solo ha servido para afilar esta estrategia hiriente. Incluso en los asuntos que no concernían directamente a Podemos, la vicepresidenta ha sabido enseñar la cara más rocosa y escarpada de este PSOE. Por ejemplo, durante la crisis del Open Arms, cuando advirtió que España estudiaba multar y arruinar a la oenegé por salvar vidas humanas. Es difícil encajar que Podemos pueda pactar con un partido de gobierno que se comporta con tal inhumanidad y tal falta de respeto por los derechos humanos y las leyes internacionales. El PSOE de Sánchez se cree que dar imagen de partido de Estado se logra pareciéndose al PP. Acomplejado error.

También se puede sospechar que el PSOE teme, si se acerca demasiado a Podemos, contagiarse del gen rojelio y echar por tierra toda la herencia neoliberal que dejó tras de sí el ínclito y calvivero Felipe González.

Decía el otro día el escritor Manuel Rivas, en un tuit, que si fuera Sánchez acataría las exigencias de Iglesias y si fuera Iglesias practicaría el viceversa, todo por evitar la epifanía nacional del trifachito. Es postura que se puede entender como elector progresista, pero no como dirigente de partido. El drama migratorio es cuestión de Estado. Largo se lo fían a Podemos si desean que pacte sin más con unos señores capaces de dejar que se ahoguen famélicos mujeres y niños porque lo dice una ordenanza.

Pedro Sánchez, en su cortedad de miras políticas, no se dio cuenta de la responsabilidad que asumía como casi único líder socialdemócrata europeo con posibilidades de gobernar. Se había convertido en la gran esperanza de la izquierda moderada europea para reconducir, por ejemplo, las ya citadas políticas de crueldad europea con los refugiados. Sin embargo, por lo escuchado a Calvo estos días, andan la rosa y el puño más cerca de Matteo Salvini que de Jean Valjean.

Va a tener difícil Pedro Sánchez encontrar más máscaras con las que disfrazarse. Se le van agotando todas. Confía el socialista en que unas nuevas elecciones reforzarán su liderazgo, y yo lo pongo en duda. Los que le gritaron en Ferraz «con Rivera, no» se han dado de bruces frente al «como Rivera, sí» que está practicando el político que convirtió en soriano a Antonio Machado. Quizá capte algunos votos perdidos de la derecha socialista, pero no creo que toda la gente que votó al PSOE repita después de este espectáculo, de esta cobra constante a besar un gobierno quizá no tan progresista –no se le puede pedir tanto al PSOE–, pero, al menos, más progresista. También se ahogan los pactos en el mar.