Opinion · Rosas y espinas

Una empanadilla en Móstoles

Dicen los politólogos, esos profesionales tan divertidos que sacan conclusiones erráticas sobre unas encuestas siempre equivocadas, que las elecciones se ganan y se pierden en campaña. De ser así, habría que colegir que los votantes somos incluso más simples que los politólogos, lo cual requiere arduos esfuerzos y desvelos innombrables.

Además, el argumento se ha quedado caduco en estos tiempos en que se hace campaña, y poco más, todos los días, todas las noches, en todos los segundos y en todas las visiones, que cantaba Silvio.

De momento, el PSOE es el que ha empezado más fuerte su empresa de captación del voto patrio. Ya se ha adelantado a los demás con un lema inequívoco: Ahora Gobierno, ahora España, por ese orden, con lo cual parece querer decir: Antes Gobierno que España, interpretación un tanto torticera que le resta algo de patriotismo al eslogan. La cuestión no era pensárselo mucho (una campaña me manda hacer el votante / en mi vida me he visto en tal aprieto), sino arrebatar cuanto antes a los demás la patrimonialización de la palabra España.

Íñigo Errejón asustó amagando la posibilidad de bautizar a su ciudadanos de izquierdas como Más España, pero la cosa quedaba demasiado abascaliana y la criatura se tuvo que conformar con Más País. Y es que ya no nos quedan marcas sencillas para tanto partido emergente. Qué cargación.

La derecha española se ponía antes muy levantisca y alterada cuando la progresía evitaba la palabra España recurriendo a la fórmula ‘Estado español’, pues les parecía circunloquio ideado para los que se avergonzaban de ser españoles. La españolidad siempre ha sido concepto muy semántico, más que otra cosa. Cómo ha cambiado el cuento. Por ejemplo, Errejón presentó su nuevo proyecto diciendo muchas veces que le dolía España, lo cual preocupó mucho a los traumatólogos del partido. No mucha gente lo sabe, pero todos los partidos de izquierdas tienen ya equipo de traumatólogos, dispendio comprensible dadas las hostias que se dan entre ellos.

Por su parte, lo primero que hizo Pedro Sánchez con la palabra España que preside su lema fue llevársela a Nueva York para presumir de ella ante los barandas del fondo buitre Blackstone, el mayor especulador de vivienda de nuestro país. Prometió el presidente en funciones a tan distinguidos piratas financieros que su españolidad no pasaba por poner en peligro los casi 25.000 millones de euros que la firma estadounidense tiene invertidos en la gloriosa España. Más patriotismo no se puede pedir.

También, quizá, forme parte de esa campaña socialista por patrimonializar la españolidad la empanadilla que el partido tiene cocinada en Móstoles. Desde que Martes y 13 llegó a la esencia de la españolidad con su inolvidable sketch, no hay nada más español que una empanadilla en Móstoles.

Como todos habréis escuchado, el PSOE tiene en Móstoles una alcaldesa, llamada Noelia Posse, que se ha cocinado en pocos meses una deliciosa empanadilla con picadillo de hermanas, tíos, primos, cuñados y hasta ex novios colocados a dedo en sabrosos puestos consistoriales. No es necesario que añada que no existe nada más español que el nepotismo.

Por eso nadie en el PSOE pide su dimisión. Sería poco patriótico. En palabras del secretario general de los socialistas madrileños, José Manuel Franco, obligar a Posse a renunciar a su acta de concejal sería «un brindis al sol». Pedro Sánchez, en una entrevista, se limitó a decir que el caso de la empanadilla nepótica en Móstoles «es muy llamativo. Hay cosas que me sorprenden». Y el campeón canastero Pepu Hernández, fracasado alcaldable por Madrid, nos explica muy educativamente que la alcaldesa «no debe dimitir, debe rectificar. Se puede siempre cambiar de opinión». No sé dónde meter tanta contundencia. Solo me cabe en el cajón de la marca España.

Símbolos tan nobles como esta empanadilla en Móstoles o aquellos fondos buitre que carroñean nuestro suelo son los que nos hacen «muy españoles y mucho españoles», que decía el rapsoda Mariano Rajoy. Orgulloso de mi país, añado.