Opinion · Rosas y espinas

Desjudicializar las quimeras

Da este periódico la imagen de un balcón tan plagado de banderas rojigualdas que parecen una senyera. Es lo que tienen los excesos, tan propensos a destapar ridículos. Como es excesivo, y quizá también ridículo, que un juez considere delito una «quimera». Quimera es la palabra que usa el juez Marchena en su sentencia del procés. Escucho a un viejo magistrado, en televisión, decir que es como condenar al Quijote.

Veo que la prensa extranjera nos observa con cierto pasmo. Las imágenes de las cargas policiales y tal. Un hombre ha perdido un ojo por una pelota de goma policial, esas que debieran de estar prohibidas. La cercanía de la revolución de los chalecos amarillos, en Francia, va acostumbrándonos a una Europa de porrazos y neumáticos en llamas. Todos somos iguales ante la ley y bajo las porras. O bajo la ley y ante las porras. Porque ya las quimeras han sido colocadas en el punto de mira de la justicia y de la pasma. Estamos dejando un futuro maravilloso para los descendientes, que yo creo que también nos observan con cierta estupefacción.

Una tristeza-ambiente se ha instalado en España y en Europa, como un hilo musical de velatorio. Los peces del Mediterráneo se suicidan. Otros quiméricos. Decía Lautréamont que el hombre es el vencedor de las quimeras. Nunca he entendido muy bien esta frase, pero me viene mucho a la memoria en estos días que tampoco entiendo.

Los tertulianos bienpensantes nos andan diciendo todo el rato que la sentencia del procés está bien, que todo conforme, atado y bien atado. Políticos mejor pensantes insisten en eliminar la palabra indulto, amnistía y otras parecidas del vocabulario catalán. La España victoriosa clama venganza, una vez más. No habrá paz para los malvados.

Quizá sea también quimérico pensar en una solución política al conflicto mientras gente de paz como Oriol Junqueras esté en la cárcel. Otro pez suicida del Mediterráneo.

En un país que hace años decidió perdonar crímenes de guerra, terrorismos de Estado y tremendos delitos económicos, no se entiende demasiado bien este enconamiento de ahora, esta furia vengativa. No somos tan civilizados como nos creemos, supongo. El perdón, aquí, nunca se reparte en porciones iguales. Son siempre los mismos los que se comen la guinda de la tarta. Los banqueros impunes que nos han costado 60.000 millones de euros, los nietos de Franco con permiso para amenazar y desobedecer a la policía en un control de carretera. Los urgandarines y los reyes campechanos con fortunas cuyo origen nadie sabe (bueno, sí). De dónde proviene tanto parné.

Vamos enseguida a elecciones entre la rabia y la melancolía. Con una sensación de derrota de todos los bandos que va a hacer difícil la reconciliación. No solo hay que desjudicializar la política. Veo más urgente desjudicializar la quimera. Cuarenta años de democracia frágil exigen, más bien, el ensalzamiento de la quimera por encima de las banderas y de las porras. Pero es demasiado pedir en España.  España. País, que diría Forges, aquel que un día pintó a su Mariano con una pancarta que decía: «Franquismo, dimisión». Pues eso.