Opinion · Rosas y espinas

El facha jaranero

Ando estos días muy distraído comentando con politólogos, historiadores y analistas demoscópicos lo de Vox. Quién coño vota a Vox, un partido con cinturón de castidad intelectual (y de la otra) en estos tiempos de porno-política, exhibicionista, jadeante, contorsionista y epidérmica como una muñeca hinchable. Si hasta gozamos de orgasmos políticos simulados, como los que nos arrancan quejíos de placer cuando fantaseamos con nuestra modélica Transición.

Vox es el producto más genuino de la porno-política. Como dijo alguien muy agudo, el votante de Vox es el del PP con dos copazos de más. O dos bragas democráticas de menos. Vox nace cuando al votante del PP le ha apetecido salir a votar en tanga, sin tapujos, sin complejos. Vox es el día del orgullo facha que le ha amanecido al PP.

Hace pocos años, el único votante de un partido como Vox que uno podía imaginar era ese facha jaranero que habita en todos los pueblos y ciudades de su España. El facha jaranero, como su nombre indica, se toma como a jarana eso de ser facha, fabula grandezas  sobre el generalísimo con una impostación muy divertida y casi autoparódica, se solemniza autosacramentalmente cuando habla de sus ascendientes, padres, abuelos y algún lejano conde merovingio, todos fachas; es bastante ignorante e incluso presume de ello, en su único alarde de modestia no falsa; es una especie de tonto del pueblo pero sin diploma oficial de tonto porque, cosas de nuestra historia, al facha jaranero lo tenemos por tonto pero no nos atrevemos a decirlo, no nos vaya a pegar una hostia o un tiro su amigo serio o su hermano, que las cosas en el pueblo están muy calentitas siempre de memoria histórica.

El facha jaranero, en resumen, nos parecía un secundario más de nuestro folklore local, del pueblo y del barrio, y se le reían las gracias con mayor o menor complicidad considerando que era inofensivo. Ahora las urnas nos han demostrado que no lo era.

De repente, los chistes machistas y malos del facha jaranero se han convertido en el ideario de la tercera fuerza política del país. Y el facha jaranero los cuenta con más autoridad, sabiéndose depositario de la legitimidad millonaria de las urnas, que se han llenado de papeletas con chistes machistas, racistas y malos. Ahora escuchas al facha jaranero y te das cuenta de que el tonto del pueblo no era él.

Vox ha venido a sublimar la cutreidad del facha jaranero, convirtiendo sus exabruptos en proposiciones de ley. Es cuando esto sucede, y Vox impide la declaración institucional contra la violencia de género al Ayuntamiento de Madrid, cuando el facha jaranero nos deja de parecer divertido. Pero ya es demasiado tarde. Hemos perdido un bufón y ahora sufrimos un concejal, un diputado. En lo que sí llevaba razón el facha jaranero es en que todos, queramos o no, somos muy españoles: este cuento es risueña y tristemente berlanguiano.