Rosas y espinas

Los niños

Odio a los niños. Bueno. Esto no quiere decir que odie a los niños. Es que les tengo miedo. Y no hay nada más parecido al odio que el miedo. Los niños me dan miedo. No puedo soportarlos a mi alrededor. Son demasiado frágiles. Me aterra hacerles daño. Cuando los tengo cerca, se me convierten en cryptonita, en maldición. Cualquier movimiento que yo haga, se puede convertir para ellos en un daño salvaje. Son tan frágiles y pequeños que cualquier torpeza tuya puede ser fatal. Son como una copa de vino posada en el extremo de la mesa de una boda de borrachos. Como una metáfora puesta en manos de un mal versificador. Como una youtuber haciéndose un selfie en el acantilado de una tempestad. No tengo hijos, porque los niños son el miedo de los que nunca hemos olvidado que una vez fuimos niños.

La primera vez que me dejaron con un niño a solas, salvando mis enormes y fundadas reticencias, fue una tarde en que mi madre y mi hermana me dejaron con mi sobrino Alfonsito en un granja de un lugar perdido de Toledo, un lugar que se llama Lugarnuevo porque es tan pequeño que casi se quedó sin nombre. Yo estaba escribiendo una novela y ellas se querían ir de compras a la capital. Acepté a regañadientes, pues nunca la fuerza de mis dientes ha sido el rasgo más definitorio de mi carácter. Y me quedé con el puto niño.

Alfonsito debía tener un año, o quizá dos, o quizá cero años, o quizá incluso menos. Uno nunca sabe la falta de edad que puede llegar a tener un niño. Mi hermana lo dejó colocado con su pañal en una baldosa, con una pelota y un sonajero, creo recordar, y a la capital marcharon madre y abuela con sus tarjetas de crédito y sus ínfulas prêt-à-porter dejando al nonato a mi cuidado.

La experiencia, en un principio, no fue del todo desagradable, pues durante horas de escritura el nonato, el sonajero y la pelota permanecieron silentes, pertrechados en la misma baldosa. Inmóviles los tres como tres ausencias. Hasta me daban ganas de ponerme a fornicar como un poseso y traer al mundo una docena de hijos, de baldosas y de sonajeros silentes, pues aquella paternidad obligada era lo más parecido a un poema laquista de Wordsworth estampado por Kaspar David Friedrich que yo había conocido jamás. Aquel puto niño era el apotegma carnal de la filosofía zen.

Al caer la tarde, el coche de mi madre y mi hermana pedorreó por el camino terrero, cargado de picardías de Zara. El niño zen y yo nos miramos como dos economistas que no han sido capaces de predecir una crisis financiera, y el niño empezó a llorar. Empezó a llorar no como lloran los niños normales, sino como el conde de Montecristo cuando lo encerraron en el castillo de If; como Raskolnikov cuando dice que en la pobreza uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos, pero en la indigencia nadie puede conservar nada noble; o como cuando Darth Vader le dice a Skywalker lo de soy tu padre. Un dramón de gritos, llantos y mocos. En 3D. Cuando no se había inventado el 3D. Ya digo que los niños son unos hijos de puta con hijoputez tecnológicamente muy avanzada.

Cuento esto no por impotencia o esterilidad, sino porque estos días ando pensando mucho en los niños. Escucho el debate sobre si los niños deben o no salir a la calle, a los parques. Si no será mejor que nos contagien a encerrarlos durante tres meses o más (no esperéis menos) en pisos de veinte o treinta metros cuadrados, que es lo que muchos padres pueden, como mucho, pagar. Yo no tengo esa respuesta. Yo no sé si deben salir o no salir. Solo sé que nosotros, nuestra generación, hemos permitido que suceda todo esto. No era tan difícil de prever. Estábamos tan preocupados en acumular dinero para ellos, que hemos olvidado su derecho al aire, al campo, al río y a la libertad. Yo no soy padre, pero aun así me siento avergonzado de la sociedad que le estamos dejando a nuestros hijos. A ver qué les decimos ahora, trolls. A ver qué les decimos ahora, cuando los hemos encerrado entre los muros de nuestra inepcia. De nuestra codicia. De nuestra insensatez. De nuestra incapacidad para entender que no somos balances económicos, ni mercados, ni primas de riesgo, ni abogados, ni auditores, ni periodistas ni nada. Que solo somos naturaleza: niños. Y queremos salir de aquí.