Rosas y espinas

Coronacuento para niños

Tantos avances tecnológicos, tanta y tan excelsa pediatría, tantos estudios sobre psicología infantil, tantos potitos bledine y, a la hora de la verdad, no sabemos qué coño hacer con los niños. No sabemos dónde meter a todos estos angelillos que se han convertido en peligrosas ferocidades víricas sin perder la inocencia. Y que, para colmo, son prácticamente inmunes, lo cual les hace aun menos merecedores de cautiverio.

Esta vez no vale la cuñadez de siempre, porque no estamos imponiendo cautividad a los niños para protegerlos. Es para protegernos a nosotros. En este coronacuento son los niños los más fuertes. Y somos nosotros los que les tenemos miedo. Ahora sí sus dientes de leche, como en la nana, son cinco diminutas ferocidades.

Yo creo que esta situación inversa, que convierte a los niños en colosos ante nuestra contagiosa fragilidad, puede traer una buena metáfora a futuro. Imaginemos que solo ellos sobrevivieran a la pandemia. Conocen la tecnología y tienen la suficiente experiencia en el mundo digital como para echar todo a andar en no demasiado tiempo. Lo dífícil es adivinar qué sabrían reiniciar y qué no. Pero, sobre todo, qué querrían reiniciar y qué despreciarían.

Contaba Julio Ramón Ribeyro en una de sus prosas apátridas que su niño de veinte meses le estaba rompiendo todo mientras escribía. Esculturas famosas, porcelanas heredadas, libros con grabados, un tocadiscos portátil, copas polacas y otras rarezas de cultivador de los géneros breves. Ribeyro compara el destrozo con "la invasión de los bárbaros", pero le busca un sentido poético para consolarse de su waterloo doméstico. "El niño se siente frente a estos objetos, cuya utilidad desconoce, como el bárbaro frente a los productos enigmáticos de una civilización que no es la suya. Y como a pesar de su ignorancia y su sinrazón él representa la fuerza, la supervivencia, el porvenir, los destruye. Destruye los signos de una cultura ya para él caduca porque sabe que podrá reemplazarlos".

Ribeyro ya hablaba aquí de ese miedo de los mayores a los niños que hoy vivimos amplificado. Y, no hace tanto, compartimos la experiencia globalizadora de una niña metiendo miedo a las élites mundiales. Los ataques mediáticos, burlas y descalificaciones propagandísticas de todo tipo que sufrieron Greta Thunberg y su familia durante su fugaz protagonismo destilaban pánico adulto. Además de muy mal gusto. Recuerdo una discusión televisada en la que se debatía el precio de una chaise-longue del salón de los Thunberg, como insinuando que los padres de Greta se estaban forrando con los tours ecologistas de la niña. Tanta zafiedad es imposible si no viene inspirada por el miedo, como ya habrá dicho algún sabio antes que yo.

Se está debatiendo mucho ahora si hay que manumitir o no a los niños, gradualmente, como se ha hecho con los trabajadores este lunes. Todos estamos de acuerdo en que no merecen este castigo, que no corren peligro alguno, que un encierro demasiado prolongado puede conllevar secuelas físicas y psíquicas, que es una putada que les obliguemos a penar por nuestros pecados.

Por supuesto, yo tampoco tengo la solución a tan damoclesiano enigma. Aunque, como saben los amantes de la mitología, la historia de Damocles también termina con el siciliano cagándose de miedo. Al final, el miedo y los pañales cambiaron de bando.

En resumen, que después de 350.000 años de civilización, dándonos de listos y presumiendo de descender de un homo sapiens, llegamos al futuro y no hay inteligencia en toda la humanidad que sepa qué coño hacer con los putos niños. Pues no sé para qué necesitábamos tanta prosopopeya.

Si queréis alimentar más vuestro miedo, pensad en que los niños se pueden rebelar. Tarde o temprano irán adquiriendo conciencia de su cautividad injusta, y los que tenéis hijos sabéis lo espartacos que pueden ponerse cuando tienen y cuando no tienen razón. Con la ventaja de que ahora saben que llevan razón y están comunicados entre ellos.  Una revuelta infantil de guerrillas domésticas de ámbito universal, eso sí sería un cataclismo. Me pone.

Lo cual que hacemos bien en acojonarnos. Yo, por si acaso, recomiendo la receta de siempre. Cuando todo esto termine, los regalamos un juguete para que nos perdonen y asunto arreglado. Y no permitamos que vuelva a caer en manos adultas el futuro de su juguete Tierra.