Rosas y espinas

Homenajes y postureo

Ha insistido tanto el Partido Popular en su empeño de que se combata el coronavirus con banderas a media asta y homenajes y lutos por las víctimas que, al final, el atribulado Pedro Sánchez ha tenido que ceder, y acaba de anunciar que sí, que habrá homenaje, que se callen de una vez. El PP ya puede presumir de que ha impuesto al gobierno la totalidad de las medidas que llevaba en su programa virtual para enfrentar la pandemia. No se le conocen otras.

He trabajado con muchas víctimas del terrorismo y de accidentes como el Alvia o el Yak-42, y no conozco a ninguna cuya preocupación consista en recibir un homenaje, una medalla o un doctorado honoris causa en Heroicidad. Las víctimas, en el fondo, ya no quieren nada, salvo recuperar su vida anterior. Ser dueños del día antes. Y, como mucho, que algo así no vuelva a ocurrir. Esa sí es una frase que he escuchado a muchas víctimas y familiares: que no vuelva a ocurrir algo así. Y eso no se conjura con las banderas cabizbajas y los crespones que ha impuesto el PP a este Gobierno con su continua pataleta.

Frente a lo que consideran otros más sesudos analistas, yo le reprocho a este gobierno que no muestre un poco más de arrogancia, e incluso de desprecio, hacia las delirantes proposiciones de una derecha española solo empeñada en dinamitar sus propias, nuestras propias trincheras, ya que tan contentos os veo con el bombardeo de símiles militares que estamos oyendo desde que nos invadió el ejército de bichitos.

Érase una vez un mando militar que durante años privó a sus soldados de uniformes, armas, alimentos y dignidad. Cuando estalló la guerra, esos soldados desabastecidos y desmoralizados fueron abatidos fácil y previsiblemente. Pero, en una pirueta de gran fantasía intelectual, el mando militar convenció a los mutilados y a las familias de los muertos de que no eran víctimas, sino héroes. Y, tras los grandes funerales de Estado y los discursos lacrimógenos y épicos, nos volvimos todos contentos a casa y la historia se pudo recomenzar. No. Me parece que cuando esto termine no nos debemos conformar con el abalorio de unos cresponcillos negros. Ni con salvas militares.

Que en unos tiempos de tanta urgencia ejecutiva nos estemos distrayendo con estas chorradas de los lutos y las heroicidades es un insulto a la inteligencia que ningún gobierno debería consentir. Para mí, insisto, el ejecutivo sociocomunista, ya que suena tan fiero, debería despachar estas sandeces con menos prosopopeya y educación. Ya los han bajado al barro. Es hora de empezar a pelear con las técnicas y tácticas de la lucha en barro. Si no, estamos perdidos.

Dirán los buenistas misacantanos de la izquierda, quizá con razón, que eso sería ponerse a su altura, y que la situación ya está lo suficientemente crispada por la diestra como para dinamitarla también por la siniestra. Es cierto. Hay tanta crispación que hasta parece una suerte que estén cerrados los bares. Serían todos una estampa de los salones más mamporreros del far west. Un chollo para los fabricantes de sillas y de vidrios.

También es cierto que la gente, el populacho, nosotros, no non cansamos de dejarnos crispar. Qué ansia enfermiza, madre. Y en esto observamos que el goyesco tópico español del auto-odio era cierto. Mientras en el resto de países de nuestro entorno van simulando cierta unidad o cortesía ante la crisis, aquí salimos a diario en los más prestigiosos periódicos internacionales como la gran excepción casi planetaria a cualquier posibilidad de consenso político y social. Por eso es incluso más hiriente este único e inútil acuerdo del homenaje de Estado a las víctimas. Este querer convertir la piel de toro en un arlington de gestas bélicas inventadas. Este necrofílico postureo. Quizá va siendo hora de dar la batalla del diálogo por perdida y empezar a ignorar los aullidos que emergen de la caverna. Aunque sea solo para honrar, al menos, a Platón.