Rosas y espinas

Tonta dimisión

Me ha dado un pasmo al saber que la consejera de Sanidad del gobierno socialista de Aragón, Pilar Ventura, ha dimitido por soltar sencillamente una ayusada de Ayuso para principiantes: "En los inicios de la crisis, los profesionales se pusieron a fabricar o adaptar material por sí mismos, algo que en principio incluso se les permitió porque se vio que era un estímulo y se sentían colaborando". Se imaginaba uno a doctoras y enfermeros en los vestidores de La Paz todos estimuladitos fabricándose trajes espaciales con bolsas del Alcampo.

--¿Cómo me ves, no me va un poco de larga la manga del EPI?

--Ay, hija, qué sosa y qué antigua eres. Si es lo que se lleva esta temporada en vez de guantes. Que es que te has quedado en Gilda, hija.

--Mira qué mono está Antonio con su EPI. Si es que este hombre, cualquier cosa que se ponga.

--Venga, chicas, que es la hora.

--Que esperen bebiendo champán. Yo no salgo hasta que me cojan la sisa, que esta blusa no me resalta nada el pecho.

La escena podría hacer gracia si no fuera porque, en el exterior, llovían muertos.

Las desventuradas palabras de Ventura están en la línea de una clase política que infantiliza cada vez más a sus votantes. Los policías que hacen su trabajo malpagado son héroes, a los madrileños nos encantan los atascos y no muere nadie por contaminación, los niños son felices comiendo pizza y nuggets todos los días, y los sanitarios se solazan entre cadáver y cadáver fabricándose divertidísimas Epis de papel albal. Mis padres y profesores me trataban en mi infancia con más respeto intelectual que estos cargos públicos a sus electores.

El caso es que, si no recuerdo mal, es la primera vez en la historia de España que un político dimite por decir una tontería, y eso alimenta mi esperanza de que, a lo mejor, esta crisis nos sirva para replantearnos.

Que en España se castigue más la idocia que la corrupción o la iniquidad es una prueba más de lo listos que nos creemos los españoles. Se perdona antes al ladrón que al tonto. En el fondo, nos encanta que un tío con estilo y chulería como Rodrigo Rato nos levante el parné. Que Luis Bárcenas aparque su todoterreno en plaza de minusválidos cuando va a firmar la condicional al juzgado de guardia. Que Miguel Blesa, tan atildado y elegante incluso después de muerto en raras circunstancias, nos siga recordando desde el Más Allá --o desde el paraíso fiscal, que es adonde manda dios a esta gente-- que hay que trabajar más y cobrar menos. Así es nuestra escala de valores éticos. Y así nos va.

Nos enfrentamos al dilema de nuestra españolísima mismidad cuando nos encontramos muestras evidentes de estulticia e iniquidad en un mismo cargo público. Por ejemplo, cuando se da la circunstancia de que "es el vecino el que elige al presidente y es el presidente el que quiere que sean los vecinos el presidente". En estos casos nos ponemos alejandrinos (de Sanz) y se nos queda el corazón partío, pues no sabemos si reírnos del tonto que no sabe hacer la o con un canuto o admirar al depositario de casi medio millón de euros de los papeles de Bárcenas porque ha logrado que nadie descubra lo que significa el enigma cirílico/arameo M. Rajoy.

El caso es que ya tenemos el primer dimitido por tonto en las vitrinas de nuestra joven democracia. Ventura puede distraerse en su salón confeccionando Epis con bolsas de basura para los allegados, pues eso la reconfortará, distraerá y hará partícipe de esta fiesta del coronavirus, en la que salimos a morir como las Vulpes un sábado noche. Nivelazo, o sea.