Rosas y espinas

Cuando ilusiona el fracaso

Las abuelas de antaño tenían un dicho que explica muy bien hoy lo que le ha pasado a Unidas Podemos: entre todos la mataron y ella sola se murió. No hay dicho abuelero, sin embargo, que explique lo de Ciudadanos, por confrontar las dos más fulgentes llamas de lo que un día dimos en llamar nueva política. A Cs no lo mataron entre todos, ni mucho menos, sino que fue la milana bonita de nuestras oligarquías, periódicos, bancos, acomodadores intelectuales, televisiones y demás fuerzas vivas, que agasajaron con oro, incienso y mirra a la formación naranja en cuanto vieron a Albert Rivera desnudo en el pesebre de su primer cartel electoral.

A Rivera, los ricos hasta le pusieron piso gratis en Madrid, como a las amantes antiguas: 300 metros cuadrados de cabaña en el centro de la capital, con un valor de mercado de dos millones de euros, que le prestó por la jeta el empresario Kike Sarasola, el mismo que en estos meses pandémicos también ofreció sus techos y sus lujos a Isabel Díaz Ayuso, la máter dolorosa.

A los de Podemos nadie les prestó ningún refugio, con lo destechados que nacieron el 15-M. En cuanto los vieron poco dóciles, los medios empezaron su campaña basurera. Los banqueros no alcanzaban a entender cómo no se dejaban prestar dinero, y eso les pareció altamente innoble. Y los rentistas se sintieron ofendidos cuando se les sugirió que pagaran un poquito los impuestos. Iban a asaltar los cielos, y todos los cielos se nublaron. Aunque ni siquiera todo este ejército contrario puede explicar el sangrado sanguijuelo que los va debilitando a cada convocatoria electoral. Eso solo se explica desde dentro.

Dirán los simplistas y los graciosillos que, de la nueva política, el único partido que ha llegado a este julio sin amenaza de defunción es Vox. Pero a Vox no se le puede llamar nueva política. Es el franquismo de siempre, con la única diferencia de que Franco ha aprendido a usar el twitter.

Ciudadanos nació demasiado artificial y Podemos excesivamente natural, silvestre, florido. Con las primeras lluvias, a uno se le derritió el cartón piedra y al otro se le anegaron las raíces. Los votantes de Cs se fueron dando cuenta de que Girauta y Abascal pensaban y decían lo mismo, por mucho que uno tocara guitarra y el otro gastara pistola. Y prefirieron la pistola no solo porque son muy españoles, sino porque Girauta toca horrible la guitarra.

El declive de Podemos es más complejo, y no solo achacable a las indiscutibles cloacas, a las mentiras de la prensa y al miedo al rojo que nos ataron bien atado, allá por 1975, en una cama de El Pardo. La propia diversidad en la que Podemos basó su ascenso se le ha disgregado por dentro, como un puzle con vida, con muerte propias. La amable pluralidad inaugural derivó en taifas. El liderazgo carismático de Iglesias se partió entre idolatrías absurdas, por un lado, y resquemores cizañeros por otro. El núcleo irradiador de Íñigo Errejón se descubrió peligrosamente radiactivo. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Lo que ha sucedido este domingo da que pensar sobre el rediseño de aquellos proyectos de nueva política. La neoUCD que soñaban nuestros pizpiretos oligarcas con Ciudadanos parece abocada a ser bisagra minoritaria eterna entre PSOE y PP, cuando en un futuro (yo creo que bastante lejano) cualquiera de los dos partidos pueda aproximarse a una mayoría holgada.

El futuro de Podemos como partido lo veo menos claro, aunque no el futuro de su proyecto. Lo que se observa es que, a partir de ya, esa izquierda real, radical, autentificable ante la clase obrera, se puede rearticular desde las diecisiete periferias que conforman esa extraña entropía nacional llamada España.

El PSOE no se ha llevado un solo voto podemita de las debacles electorales en Galicia y Euskadi. El morado de los morados contribuyó a los excelentes resultados de Bloque Nacionalista Galego y EH Bildu. En Andalucía, el Podemos futurible suena también a fervorosamente andalucista. Y, si nos ponemos estupendos, fenómenos como el de Teruel Existe --que florecerán por todos los rincones, sin duda--, no dejan de ser herederos de aquel primer Podemos insurgente que no asaltó los cielos, pero sí por un momento la calle, la ciudadanía y alguna que otra conciencia.

Podemos, como Ciudadanos, vendió la piel de toro antes de matarlo. Pero es que quizá los votantes de Podemos no querían conquistar la piel de toro, sino al toro entero. Y, por supuesto, vivo. Veleidad de antitauromáquicos.

Calculo que si bebo un par de copas aun podré terminar el artículo diciendo, optimistamente, que aquel obrerismo transversal español nacido del 15-M, bien descentralizado y bien unido (viva la paradoja), aun puede disfrutar de un atisbo de esperanza. Al par de copas invitáis vosotros, confiados lectores. Roma no paga optimismos.