Rosas y espinas

Ni facha ni fascista ni nazi

Manifestación de la ultraderecha en el centro de Madrid. EFE
Manifestación de la ultraderecha en el centro de Madrid. EFE

Es una cuestión filológica que demuestra lo cultivada y sensible que es la derecha española. Vamos por partes. Si en este país llamas facha a un tío que dice y hace cosas fachas, se te enfada muchísimo. Si le dices fascista a otro que hace y dice cosas fascistas, se encorajina enormemente.  Y si nombras nazi a aquel que dice y hace cosas nazis, se pone como una hidra. No sé por qué tanto se avergüenzan de adjetivos que tan certeramente los definen. Todos sabemos que, en la intimidad, se sienten muy orgullosos de lo que son, se tatúan cruces gamadas en el culo, asesinan a hostias a un negro de 16 años amparados en la complicidad grupal o violan niñas en manada porque ellos son muy machos, y ellas, las que los justifican cual Rocío Monasterio, también.

Yo, como soy muy respetuoso con las delicadas sensibilidades de nuestros fachas, fascistas y nazis, no voy a utilizar estos epítetos para caracterizarlos. Ahora sí, esto me va a obligar a improvisar neologismos como un loco cortazariano o ramoniano, con los riesgos que el neologismo conlleva en España, tan poco dada a los avances tecnológicos, culturales y éticos.

Pongamos un caso. Si Isabel Díaz Ayuso, señorita Pepis de la Comunidad de Madrid, nos asegura en sede parlamentaria que "los contagios por Covid se están produciendo por el modo de vida que tiene nuestra inmigración", debemos solapar las ganas de llamarla facha, fascista o nazi. Tampoco la palabra racista está muy bien tirada, pues evoca muy hedorosamente los antecitados términos. Se me ocurre usar blancata. Los blancatas, por ejemplo, serían los que llaman negratas a los negros. Los que dicen que un mantero hace más daños a la economía del país que los infinitos Rodrigo Rato que han emergido de entre sus genovesas filas y han adornado de charme nuestras moquetas durante años, antes de irse a repartir stylo a las cárceles del país. Lo de blancata no es muy brillante, lo reconozco. Pero al menos me exime de llamar facha, fascista o nazi a Isabel Díaz Ayuso. Y no veáis la satisfacción literaria que me produce no herir la delicada sensibilidad de tan principal dama.

Pongamos como segundo ejemplo el de Pablo Casado, que justifica el saltarse el precepto constitucional (o sea, que se salta la Constitución) de renovar los altos órganos judiciales aduciendo que no reconoce la legitimidad de un gobierno salido de las urnas porque un sector de ese gobierno quiere quitar las distinciones y privilegios a nuestro baladroncete rey emérito.

Lo que nos viene a decir el masterizado líder del Partido Popular es que no acata el mandato democrático del pueblo español. Pero tampoco has de llamarle facha ni fascista ni nazi, pues sale haciendo pucheritos en La Sexta y siembra de congoja la tranquilidad de los hogares españoles. ¿Y si lo llamamos juancarlócrata? Él se quedaría encantado, pues verse arrodillado ante tan eximio corrupto y corruptor coronado es cosa que pone mucho a nuestro jefe de la oposición (no alimentéis esos malos pensamientos ante la genuflexa imagen, pornógrafos sicalípticos).

Cuando yo era joven, feliz e indocumentado, me tocó en numerosas ocasiones tratar con el fundador de Alianza Popular, Manuel Fraga, el padre político de toda esta fauna de no fachas, no fascistas y no nazis. Hasta una vez me entregó un premio literario, el padre fundador, y hube de cenar con él en la misma mesa para gran regocijo de mis neuronas.

El caso es que a Fraga le encorajinaba sobremanera que lo llamaran fascista por sus papelones como eterno valet, ministro y embajador de Francisco Franco. Eso a pesar de que la Xunta que presidía llegó a subvencionar un libro que negaba el holocausto judío de Hitler, por ejemplo. Hebreíllos a la mar. El caso es que el Movimiento Nacional que tanto llenaba la boca al de Villalba nace de las ideas de aquel iluminado y algo hortera José Antonio Primo de Rivera que prologa con admiración la obra El fascio de Benito Mussolini, y se inspira en ella para diseñar la estructura represora del estado franquista. Pero no se os ocurra llamar fascista a Mussolini ni a José Antonio ni a Franco, pues le daría un patatús a aquel joven y orgulloso falangista que fue un tal José María Aznar, cuyos escritos juvenales de exaltación del fascismo aun salpican nuestras hemerotecas.

Paro aquí, que como siga me voy a jartar de escupir tanto neologismo. Y, ahora que me doy cuenta, ni los fachas ni los fascistas ni los nazis se lo merecen.