Rosas y espinas

A los estafados por el caso Bankia

Rodrigo Rato, en la salida a bolsa de Bankia en julio de 2011. EFE
Rodrigo Rato, en la salida a bolsa de Bankia en julio de 2011. EFE

Asistimos los atónitos españoles, boquiabiertos e inánimes como siempre, a un nuevo capítulo de la estafa financiera, judicial y política que llevamos disfrutando desde hace 45 años. La Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional acordó este martes absolver a los 34 acusados en el juicio por la salida a Bolsa de Bankia. Entre ellos el gurú presunto del también presunto milagro económico español, el elegante Rodrigo Rato. Es la impunidad de siempre beneficiando a los mismos ladrones de pernada blanca de siempre. No solo el rey es inviolable en España, se colige.

La fehaciente estafa de la salida a Bolsa de Bankia se ha consumado con éxito. Los españoles no recuperaremos los 22.000 millones de euros con que rescatamos la entidad, y los responsables del delito se pueden pedir unos drys martinis con la tranquilidad del hurto bien hecho. De casta le viene al banquero. El padre de Rodrigo Rato, don Ramón, ya había sido detenido y condenado en 1966 por evasión de divisas, pero no pisó la cárcel ni abonó los 200 millones de pesetas que la justicia franquista le impuso de multa. El dictador lo indultó en 1971. Parte de ese dinero que se ahorró el Rato sénior en aquel distendido affair fueron después destinados a financiar la creación de la Alianza Popular de Manuel Fraga. Lo comido por lo servido, y todo atado y bien atado, generalísimo.

La historia se repite ahora con ese indulto low cost que la Audiencia Nacional le ha concedido al más apuesto de nuestros estafadores, solo eclipsado, quiza, por la apostura y juventud de Iñaki Urdangarin. Los accionistas de Bankia vieron cómo en dos años sus títulos bajaban de los 375€ a los 17 de 2013, cuando Rato abandona la entidad. Para que nos hagamos una idea: si un español metió en 2011, avalado por el gobierno, 100.000€ de ahorros de toda la vida, su valor tras las estafa en 2013 era de menos de 5.000 pavos. No me digáis que no es para correrse de gusto encima de una banderita española.

Qué escondidas en el baúl de los recuerdos quedan aquellas palabras de la Fiscalía Anticorrupción asegurando que "no fue un error empresarial, sino una estafa consciente impulsada por los acusados para mantener sus puestos y privilegios". Y los han mantenido. La Fiscalía Anticorrupción, como la paloma, se equivocaba.

Se justifican los absolvedores jueces de la Audiencia señalando que la operación de salida a Bolsa había sido avalada por el Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el FROB y EBA, lo que nos viene a señalar que uno puede delinquir graciosamente si viene amparado por altas instancias incompetentess que miran interesadamente hacia otro lado. A nadie se le ocurre procesar a los presidentes del BE o la CNMV. La justicia española es cabizbaja, y nunca mira para arriba.

Supongo que en un estado de derecho normal, los responsables de tan eximios organismos serían procesados por su complicidad. Pero tampoco hemos de ponernos tan puristas y puntillosos. Hoy aquellos ahorradores de Bankia están haciendo cola en los comedores sociales y no molestan a nadie, y Rodrigo Rato vuelve a comer caviar beluga sin molestar tampoco a nadie. Las cosas siguen como las votamos.

Si la estafa de Bankia es bastante obvia una vez constatado que 100.000 euros se pueden convertir en 5.000 si tu banquero es del régimen, la manipulación contable con la que Rato y sus compiyoguis engañaron a los accionistas la hizo evidente el actual presidente de la entidad, José Ignacio Goirigolzari, que poco después de asumir el cargo revisó los 300 millones de euros en beneficios que le había endosado Rato, para enterase de que, en realidad, Bankia tenía un agujero de casi 3.000 millones. Yo no creo que nuestros órganos reguladores sean tan ineptos. Bankia no pudo engañar al BE ni a la CNMV. Fueron cómplices. Y todos los periódicos decentes lo contamos entonces. Otra cosa es que haya pringados que no se quieran enterar y que sigan votando a tontas y a locas, y regalando sus ahorros, como le pasa este año a los pequeños accionistas de los grandes bancos que no reciben dividendos. Ninguno sería capaz, ni con seis ceros de bote, de calcular lo que este año sin dividendos se ha embolsado la dulce señora Botín.

Cuando leo estas divertidas sentencias sobre bankias y bancos, siempre me acuerdo mucho de los manipuladores informativos y los partidos políticos que una y otra vez nos insisten en que creamos en la imparcialidad de los jueces. En la división de poderes. Yo, en los juzgados españoles, solo veo ladroncillos de gallinas condenados a muerte y asesinos financieros como Rato --no olvidemos que los desahucios matan-- paseando el palmito veraniego en un yate. Pienso en los hombres y mujeres que habían ahorrado 100.000 pavos en una vida de trabajo, que un engaño dejó reducidos a 5.000. A la nada. Yo tendría que convertirme en un gran hijo de puta para consentir esto sin decir una palabra. Y resulta que me dan el derecho al voto, y mis colegas siguen votando a esta gente. La culpa, eso sí, siempre será del Coletas.