Rosas y espinas

Una de espías en el PP

Las nuevas revelaciones de la operación Kitchenuna de las múltiples cabezas de la hidra Villarejo, nos han dejado una imagen icónica de la España que vivimos durante los gobiernos del predecible Mariano Rajoy. Y cómo actuaba la cúpula del Partido Popular para alcanzar el anhelado cetro del poder. En dicha estampa se ve a Soraya Sáenz de Santamaría, en una calle de Madrid pero bajo una lluvia londinense, acercarse a un señor barbado, con gorra, gabardina y gafas oscuras, que le entrega un maletín indubitadamente negro. Bueno es Villarejo para mariconadas. Puede perfectamente uno imaginarse la expresión entre atemorizada y aventurera de La Pequeñita, que es como, con indudable ingenio, apodaban a la entonces portavoz en el Congreso y después vicepresidenta sus camaradas del otro lado del telón de acero de la ética, los de las cloacas. Pizpireta y zangolotina como es de natural, además de sumamente inteligente, a Soraya tenía que ponerle mucho ese papel de política metida en novelas de espionaje.

Subió al coche de una carrera, con el maletín en una mano y sujetándose con la otra el pañuelo de Givenchy que había comprado expresamente para medio camuflarse durante el ejercicio de sus actividades clandestinas. Cuando el vehículo arrancó, palmeó el maletín negro y se juró a sí misma que el próximo Givenchy lo iba a pagar su puta madre. O sea, los fondos reservados.

La Pequeñita sonrió cuando el coche se sumergió en la bocana tenebrosa que conduce a los aparcamientos del Congreso. Pensó en la sonrisa con que la recibiría su jefe, el misterioso e intrépido Eme Punto Rajoy, siempre escudado bajo su falsa apariencia aburrida y misacantana a lo Bruce Wayne.

Soraya acababa de introducir en el Congreso, de forma ilegal, un equipo electrónico de barrido para interceptar escuchas. Sospechaba el Doctor Hilillos que el pérfido Fouché Rubalcaba había llenado su despacho de micros. No sabía si para captar sus conversaciones privadas o para informarse del mercado de fichajes en tiempo real. El mal no desfallece.

Esta y otras historias semejantes están conociendo nuestros jueces a medida que avanzan en sus investigaciones sobre las corrupciones y componendas infinitas del PP. Quizá el único partido legal, en todo el planeta, que tiene más encarcelados que diputados en el Congreso.

No soy mucho de hablar bien de nuestros jueces, pues he visto cosas en los juzgados españoles que un Nexus-6 no podría imaginar ni viajando más allá de la Puerta de Tannhäuser, pero me apenan estos togados obligados a leer decenas de miles de folios de esta literatura negra, garbancera, caricaturesca y barata.

Los escritores y guionistas nos pasamos tres cuartos de vida intentando diseñar un malo, un enemigo seductor, de ética poliédrica, tiernamente vulnerable, casi querible. Y luego te bajas a la bocatería de la realidad del poder, que es el Congreso, y te encuentras con que los malos son Mortadelo  y Filemón en versión chulesca, seres que no pasarían las pruebas paulovianas básicas de comportamiento inteligente, zafios, maleducados y, como Villarejo, incapaces de hablar o escribir ni en el más bajo estilo del folletín más deshojado.

Yo creo que si fuera juez los absolvería a todos. No podría asimilar como juzgables tan disparatadas patrañas. Tan ibañezcos relatos. Es imposible impartir justicia donde no hay atisbo de cordura. Para juzgar al PP, habría que vestir con toga a unos psiquiatras.