Rosas y espinas

2021, el deseado

Es curioso ese bípedo animal que conocemos como ser humano. Deambulo estos días por mi pueblo y por mis redes sociales y observo que el deseo unánime es que por fin se acabe este puto 2020, como si la culpa de todo la tuviera el calendario.

-Oye, y por si no te veo mañana, feliz año nuevo, a ver si se acaba este puto 2020 de una vez.

Otros, menos campechanos, prefieren despedir estas deletéreas calendas quejándose de la mala racha, pues consideran que 2020 ha sido como una sucesión de malas manos al póker, o bulimia de las tragaperras, o afonía del niño de la lotería que nunca cantó nuestro número.

Los más expertos cabalistas, los que leen el horóscopo del Hola! con atención hebdomadaria, te aseguran que ellos ya te lo habían advertido en enero, pues la posición kamasútrica de los astros daba a entender a cualquier lector de estrellas que 2020 iba a ser año jodiente, como lo ha sido.

Entre la gente menos seria (periodistas, políticos, científicos...) hay una albricia mántrica bastante generalizada y no menos estúpida que las anteriores:

-Adiós, 2020 --gritan con rencor--. ¡Bienvenido, 2021, el año de la vacuna en el calendario chino!

A estos últimos parece que les ha abobado la cara la visión de una estrella en el cielo, marca Pfizer (ya hasta las estrellas tienen marca), que se acerca por la Vía Láctea guiando a tres reyes en camello que nos traen el oro, el incienso y la mirra de la salvación, de la salud, de la vida eterna. En poco se diferencian estos doctores de los creyentes católicos, por tanto, a los que ridiculizan por sus conjuros y supersticiones aletradas.

No es que el espíritu navideño nos vuelva más ridículos. Ya lo éramos. Pero en estas fechas tenemos la insana costumbre de ridiculizarnos todavía más. Le sucede al ateo y al devoto, al rico y al pobre, al sabio y al ignaro, al rojo y al facha, al feminista y a la machista, al carpeto y al vetón, al optimista y al pesimista, al que tira el penalti y al portero. Todos encuentran razones para echarle la culpa de su mal a un número, el 2020, y confiar su suerte al 2021, como un vulgar lotero. El jugador reparte cartas con la certeza de que este primero de enero terminará su mala racha, el astrólogo ya observa posiciones más bonancibles en el atacir, los simples sienten alivio al ver como se aleja hacia Nunca Jamás las espalda de este puto año, los vacunófilos empañan los ojos y se arrodillan para adorar a la jeringuilla en el pesebre.

Nadie se acuerda ya de que se han seguido talando los bosques, propiciando así mutaciones víricas que continuarán saltando de los animalillos más inocentes, expulsados de su hábitat, a nuestro sistema inmunológico. Nadie exige la necesidad urgente de reformular el sistema sanitario no solo para protegernos a nosotros, sino también a los pueblos y a los colectivos más vulnerables por las razones que sean (la pandemia es una lucha de clases inversa que mata más a los pobres). Nadie pone la lupa en la destructora acción humana colectiva, pánica, que propició este desastre. Y que propiciará otros, que se propagarán con la misma ferocidad y, quizá, con aun mayor poder destructor. La vacuna es el maná que desterrará del globo todos los males, así que podemos seguir haciendo lo mismo que hacíamos, esquilmando lo mismo que esquilmábamos (o más), mirando al dedo coronavírico en lugar de observar críticamente a la luna antropomórfica, cara oscura causante de todo, de la venganza de estas mareas que hoy creemos a punto de apaciguarse con un pinchacito. Y aquí lo dejo. No pienso escribir una línea más en este maldito 2020, a no ser que mi jefa me ofrezca más millones. Estoy cansado. No sé de donde me viene esta tozuda manía de impartir tanta sapiencia. Yo también quiero volver a ser supersticioso, como un niño, y desearos feliz año porque sí. A ver si 2021, con su impar generosidad, me trae más optimismo y menos cerebelo. Un beso con lengua, grupies.