Rosas y espinas

Fuera mascarillas

Villarejo, en la comisión parlamentaria de la Operación Kitchen. Congreso de los Diputados

Anuncian los que saben de La Muerte que, quizá, en breve podamos salir a la calle sin la maldita mascarilla. Me da un no sé qué inquietante y paralizador. Ya me había acostumbrado a saludar todo el tiempo a gente que no conozco, y a ignorar a los amigos. Además, he encontrado un modelo de mascarilla elegante y cómodo, de un gris muy discreto, que me favorece mucho y no entorpece el respirar. Exploré en las terrazas el fascinante mundo de los ojos de los niños, y aprendí a distinguir las sonrisas falsas de las verdaderas debajo del paño. También descubrí que algunas sonrisas no hay máscara que las pare.

Pareciere, por lo dicho, que encuentro fascinante este mundo mascarilla, y nada más lejos de la verdad. Las odio. En mí y en los demás, sobre todo ahora que es primavera y los cuerpos piden caras. Pero me da vértigo que ahora de repente, casi dos años más viejo, me devuelvan el derecho a mostrar mi cara en público, en la calle, lejos de mis grupos de confort. Por eso resulta tan fácil arrebatarnos derechos a los seres humanos: nos acostumbramos enseguida a prescindir de algunas libertades, y después nos asusta recuperarlas. Véase lo que le pasa a este gobierno progre con la ley mordaza, que muy largo ya nos la fía.

En el aspecto sanitario de la mascarilla no entro, por supuesto. Obedeceré lo que dictaminen los científicos sin opinar, no sea que cualquier errada o errante disertación mía pueda poner en peligro la salud de mis millardos de trolls y grupies.

No soy el único que siente ese vaporoso pavor a que lo despojen de la mascarilla y arrojen su rostro en libertad sobre la primavera. Estoy siguiendo a retazos las comparecencias de nuestros más distinguidos mandos policiales en el Congreso, contestando a la comisión de investigación parlamentaria que estudia las villarejadas, las policías patrióticas e ilegales de M. Rajoy y todo ese batiburrillo de malas artes y mortadeleces que tan bien describen la España pepera y trincona. Sin mascarilla debe de ser muy complicado y casi funambulesco mentir con gracejo tal. Así que estos son de los míos (en el tema mascarilla estrictamente, me refiero).

Además, pardiez, a estos apandadores policiales la mascarilla les sienta bien, les concede realismo y, a la par, misterio. Porque a cara descubierta pierden mucho enigma, como me sucede también a mí. Por ejemplo, con mascarilla puesta no se da uno cuenta de que José Villarejo, nuestro 007, no sabe articular una frase. Bajo la mascarilla, propendemos a pensar que su farfulleo es artimaña de espía, y no simple estulticia gramática de hombre sin recursos oratorios. Y este era el capo, el cerebro, válgame Tutatis.

A Ignacio Cosidó, otro de los comparecientes de estos días, también le sienta fabulosa la mascarilla. Azul la llevaba, a juego con la corbata, a juego con los colores de su partido (un poco más oscura, cual corresponde a mascarilla de siniestra cloaca).

Cosidó es un tipo melifluo en el trato corto, con una personalidad de malo desarrollada por un guionista perezoso, falto de psicología y de aristas, almaplanario. Cosidó se hizo famoso tras el 11-M, como una de las voces conspiranoicas más barítonas del panorama nacional (que ya es decir). Sus delirantes lucubraciones sobre la participación de ETA en el 11-M las publicaba el no menos delirante periódico Libertad Digital, fundado por Federico Jiménez Losantos y financiado con la Caja B del PP a través de la compra de acciones por testaferros del propio partido. Por todos estos méritos y por ser buen vasallo siempre, hubiere o no buen señor, Mariano Rajoy lo nombró en 2011 director general de la Policía.

Una de las primeras iniciativas que impulsó fue la creación de un grupo policial paralelo al Centro Nacional de Inteligencia, que entre algunos enterados era conocido como la Ciíta o la CIA de Cosidó. Si uno fuera malpensado, intuiría que el misterioso M. Rajoy tuvo claro desde el principio quién quería que fuera el jefe de sus espías, pero no nos pongamos montalbanianos ni gabrielrufianescos, coño. Que, además, Cosidó dice que no sabe nada de cloacas ni policías patrióticas ni villarejos. Otro que le pasa como a mí, ya digo, y le da miedo el día en que podamos quitarnos la mascarilla.