Rosas y espinas

Las estatuas arden mal

No sé si es que estoy ya chocheando y me he vuelto sentimental, pero no hago más que pensar en el fulano o fulanos o fulanes que destrozaron las flores que la gente de A Coruña había puesto donde mataron a golpes a Samuel Luiz. Ya sabéis. Ese chaval que seguramente las últimas palabras que oyó fueron "puto maricón". Una manera no muy agradable de despedirse de este mundo, de una juventud y de un futuro. Es una manera muy cruel de enviarte a La Nada, escuchando esas palabras últimas.

Ayer nos enteramos por este mismo periódico, que no hace más que dar malas noticias, de que nuestro querido y añorado emérito, que vuelva pronto, se levantó más de 50 millones de euros como comisionista en la turbia venta del Banco Zaragozano. Lo cuenta Carlos Enrique Bayo, que no hace más que joder con sus informaciones, para colmo veraces, la imagen de este país. Cada vez hay menos patriotismo en el periodismo contrastado.

El caso es que uno piensa y le da vueltas y se amontona, como dice mi amiga Pepa, que tiene nombre de Constitución, y no entiende que se tronchen las flores de Samuel Luiz y apenas haya atentados contra los miles de placas, estatuas ecuestres sin caballo, retratos, y otros florigeios arquitectónicos que encumbran la figura del campechano corrupto Juan Carlos I. Que nos está dejando una imagen internacional que no te digo nada. Como su hijo. El rey silencioso. El rey silenciado. Un tipo que carga con siglos de corrupción borbónica. Que no sabía, el pobre, que era el beneficiario de las cuentas secretas de su padre, a pesar de tener bajo su vara al Centro Nacional de Inteligencia. Que le vaya bien en su ignorancia. No le deseo ningún mal a alguien tan despistado, infantil y desinformado.

No quiere decir uno que haya que ir quemando estatuas del emérito, pues las estatuas arden mal, oh Manuel O'Rivas. Lo que sí me atrevo a señalar es que ya se empieza a percibir una batalla social entre violencia (fascista) y pacifismo (izquierdista) que no sé hasta dónde se podrá aguantar. Si en este país hubiera jueces, el debate no se produciría.

Hace nada, dos neonazis salieron a cazar menores extranjeros en el barrio madrileño de San Blas. Los simpáticos cayetanos, con su banderita española, sus porras extensibles y sus navajas, como cualquier chico normal, habían decidido así vengar la violación de una menor por parte de un niño solo y extranjero. Lo confesaron en sede policial. Iban a la caza. Tenían una causa. Después se demostró que la violación la había perpetrado un español. Pero eso vende poco y no lo sacan en más periodismo ni en otras cadenas.

El caso es que los neonazis fueron después humillantemente apalizados por los menas. Que al menos no los mataron, como a Samuel Luiz. Todavía hay clases, incluso en esto de la violencia. Y les han caído siete años de cárcel. No a los neonazis, sino a los que se defendieron de ellos.

Me hace triste gracia hablar con los fachas de la guerra civil: los dos bandos cometieron atrocidades, dicen. Pero es que contra la atrocidad solo vale la atrocidad. No veo a nuestros fachas del PP, Vox y Ciudadanos denunciar también las atrocidades (violaciones, asesinatos de niños y viejos...) que cometieron los ejércitos aliados en su lucha contra los nazis. Las cometieron, chicos. A John Huston, cineasta contratado por el ejército para rodar la II Guerra Mundial, le censuraron una película documental donde sacaba a esos soldados convertidos en asesinos que sufrían tremendas secuelas psicológicas. Eran buenos chicos. La respuesta a la violencia nazi los convirtió en locos del miedo y la sangre contraria. Sin saber exactamente cual es la sangre contraria. El que empieza una guerra convierte en asesinos a los demás. Antes no se decía asesinos. Se les decía guerreros. Patriotas. Héroes.

Los amigos de la pistolita de Santiago Abascal, los pisoteadores de las flores de Samuel, se creen que la violencia es su patrimonio. Y lo es. Y yo, aunque de pacifista con esta gente tengo lo mínimo, he de reconocer que no se nos debe de ir la perola. Porque es lo que esta gente quiere. Han roto las flores de Samuel Luiz y, sin embargo, los jardines del rey Juan Carlos están esplendorosos de flores. Hoy los periódicos de papel no dan lo de que a Juan Carlos I le han encontrado otra comisión de 52 millones por la venta del Banco Zaragozano. Tampoco regalan flores para que las coloques en la ofrenda profanada de Samuel Luiz.

Pues amargaba la verdad, quería echarla de la boca.