Rosas y espinas

Que se calle Madina

El antiguo secretario general del PSOE, Eduardo Madina, asiste al homenaje a Álvaro de Luna.- Ricardo Rubio/EUROPA PRESS

Es así de fácil (y de difícil):

- Los terroristas que pusieron la bomba de tu coche, si no tengo mal entendido, están a punto de cumplir la condena.

- Sí, yo creo que sí.

- ¿Qué sensación te provoca saber que saldrán en libertad?

- Ninguna negativa. Casi que todo lo contrario, porque el modelo de sociedad que yo defendí tenía un hueco para ellos, a diferencia del modelo de sociedad que defendieron ellos, que nunca tuvo un hueco para mí.

El problema de estas palabras de Eduardo Madina, el otro día en la radio, es que no se escuchan. Sobrevuela España una interferencia social, política y cultural, un ruido hertziano muy molesto, que nos impide oír los mensajes netamente democráticos, acordes con las cartas de derechos humanos y esas menudencias, con la constitución española, con la reinserción de criminales, no su exterminio, como base del modelo penitenciario.

Madina no clama venganza, ni prisión eterna revisable, ni que se pudran en el calabozo los que intentaron asesinarlo con una bomba-lapa en el coche. Eso no vende en El Hormiguero, que es el termómetro intelectual e ideológico de nuestra ciudadanía.

El problema es que estas palabras no solo urticarizan a nuestra derecha más carpetovetónica, la de las dos Españas, la que madruga y la que duerme eterna y perezosamente en las cunetas. En el PSOE existe aun un elevado porcentaje de votantes y de barones que siguen sin comprender la necesidad de integrar al mundo abertzale en la normalidad democrática. Infantil o interesadamente, parecen pensar que el silencio de las bombas ha de traer aparejado el silencio político de una buena parte de la sociedad vasca, la que hoy vota a Bildu.

Han pasado diez años desde la desintegración definitiva de la banda terrorista, un libro conciliador sobre ETA y su fin se ha convertido en el gran fenómeno editorial de estos dos lustros (Patria, de Fernando Aramburu), las encuestas escolares nos demuestran que nuestros adolescentes no saben quién era Franco ni quiénes eran aquellos señores encapuchados de la ETA, y sin embargo aquí sigue sonando la murga del gobierno proetarra, de la constante humillación a las víctimas, de la sed de venganza.

Entre tanto estruendo, claro está, las palabras sabias y conciliadoras de Eduardo Madina se diluyen como el humo de un cigarro en la niebla. Qué poco tienen que hacer las verdades susurradas frente al bramido munchiano de los fabricantes de ruido. Pobre Madina, que pone voz al perdón con la convicción (creo yo) de que no le va a escuchar casi nadie. Por eso puede decir esas cosas tan hermosas sin temor a represalias mediáticas o reprimendas tuiteras. Habla en el vacío, como un poeta que recita versos a la luna en su cara oculta.

Eslóganes como aquel de "ni olvido ni perdono" funcionan mucho mejor, se hacen virales y fulguran en las portadas como apotegmas irrefutables. Los discursos conciliadores están incluso mal vistos: a Madina no le han llamado ya Pablo Casado y Santiago Abascal "blanqueador de etarras" porque no se atreven: es demasiado víctima. Demasiado buena víctima, quizá. No reutilizable, por tanto. Que se calle ya. O que siga hablando en el éter de la sordera de los españoles, que viene a ser lo mismo. Gracias, tío, por cierto.