Rosas y espinas

Felipe VI llega tarde a todo

Imagen de archivo. Felipe VI.- A. Pérez Meca / Europa Press

De todos es sabido que una de las obligaciones de la aristocracia en general, y de la monarquía en particular, es la de llegar siempre tarde a los sitios. Salvo la condesa consorte Esperanza Fitipaldi Aguirre, por supuesto, que por su afición a huir velozmente de la policía en bólido llegaba siempre temprano a los tés con pastas y a las galas benéficas, para gran disgusto de las marquesas a las que pillaba aún sin arreglar.

Gabriel Boric, nuevo presidente de Chile, ni se entera de estas simpáticas tradiciones, y se ha enfadado muchísimo con nuestro nunca suficientemente loado Felipe VI, cuya tardanza retrasó en 15 minutos la ceremonia de investidura del chileno en Valparaíso. "Me pareció bien inaceptable que se atrasara la ceremonia porque el rey de España se había atrasado. Pero bueno, son cosas que pasan", se quejó el nuevo canciller chileno.

Y es que los chavales de hoy ya no respetan nada (Boric tiene 36 años). Por no añadir además que se trata de un rojo sedicioso, creo que incluso amigo del endiablado Pablo Iglesias, con lo que considero que no queda más que decir. En el desolador ambiente bélico que vivimos en estos días terribles, asesinos del mundo, a mí, y seguro que a más de uno, nos entraron unas ganas irrefrenables de invadir Chile.

En otros tiempos, la relación de nuestra monarquía con las autoridades andinas era mucho más cordial. Solo hay que rastrear aquellas viejas fotos en las que nuestro Juan Carlos I reía y compadreaba con el entrañable dictador sanguinario Augusto Pinochet. Con él sí que disfrutaban nuestros reyes de su zona de confort. Qué tiempos aquellos tan felices y que no volverán.

La denodada afición a retrasarse de nuestro apuesto monarca le viene de lejos. De nacimiento, se podría decir. Ya en 1968, cuando abrió los ojos al mundo, se había dejado adelantar por sus hermanas Cristina y Elena, lo que tuvo durante un tiempo muy preocupados a la Corona y al mismo Francisco Franco. La sola idea de que una mujer tuviera que ocupar el trono de España provocaba mucha urticaria en los más conspicuos próceres de entonces. Aquellos sí que eran gente viril, y no esta banda de melifluos feministas que nos gobierna hogaño.

Al conocimiento de las andanzas de su cuñado Iñaki Urdangarín y la infanta Cristina tampoco madrugó la perspicacia del entonces futuro rey, ni al elefante de Botsuana, ni a los encantos de Corinna Larsen. De no ser porque todos sabemos que el nuevo rey es muy honesto y preparao, más de uno hubiera maliciado complicidad tácita de Felipe en todos estos extraños sucesos que rodearon a la borbonía española.

Tampoco llegó muy puntual Felipe VI a enterarse de que era beneficiario de la fundación panameña con la que Juan Carlos controlaba su cuenta en Suiza, 100 millones de dólares transferidos por Arabia Saudí.

En 2020, ocho años después de que cerrara la citada y fraudulenta fundación, Felipe VI renunció a la herencia personal de su padre. O sea, que tampoco se puede decir que actuara con demasiadas urgencias.

Por eso es de extrañar este enfado del quisquilloso presidente chileno. La monarquía española tiene sus ritmos, y eso es lo que no acaban de comprender los rojos peligrosos como Boric. Nuestro retraso, como queda demostrado en estas líneas, es solo una muestra más de la ejemplaridad de nuestra monarquía. No sé cómo no se le ha ocurrido esto al ABC.