Rosas y espinas

Pues que gobierne Le Pen

Algunos celebran hoy el aniversario de la proclamación de nuestra octogenaria república, que tan poco nos duró, y aquí, al lado, la republicana Francia medita si darle el poder al neoliberalismo salvaje de Macron o, directamente, a la ultraderecha fascista. Se le queda a uno poco cuerpo para celebraciones republicanas, ante tamaño pastel.

Mi perversidad natural me hace pensar que, quizá, la salvación del sueño europeo pase por la enorme hostia de ver a Marine Le Pen gobernar el país, la cultura que nos trajo el viento de la liberté, la fraternité y la égalité. Palabras que van diluyéndose en los crueles y olvidadizos siglos.

Ver al neonazismo disimulón que representa Marine Le Pen recostado en los sillones del Elíseo supondría un chute de adrenalina que, si no nos mata a los demócratas cercanos, quizá incite a reflexionar sobre lo que estamos haciendo mal para que la Agrupación Nacional invada otra vez el París de Rick e Ilsa.

Aquí en España, analizando el albur de los últimos resultados electorales y sondeos, no es descartable que Vox pueda desbancar al Partido Popular como principal fuerza política de nuestra derecha. Podría suceder más pronto que tarde si el PP no frena su proceso desintegrador. Aterroriza la idea de anticipar la foto de Santiago Abascal como plausible presidente del gobierno de mi, ya de por sí, imperfecto país. Calificarlo como distopía sería poco.

Pero si uno observa a su alrededor, se da cuenta de que a buena parte de la sociedad española, como ocurre en Francia, no le espanta la estampa. Dos grandes guerras europeas en una sola mitad del pasado siglo no nos han enseñado nada. Nuestros muertos por la libertad deben de estar contentos ahí abajo.

Hace ya casi cuarenta años, la primera vez que visité Alemania, lo primero que recibí fue una feroz bronca por soltar un inocente chiste sobre nazis. Casi me quedo sin novias ni amigos. Cualquier frivolidad sobre aquel pasado suponía una afrenta nacional, pasional, personal.

En la Francia que mañana podría gobernar Le Pen, por aquellos mismos lejanos años, el orgullo por La Résistence parecía suficiente dique para prevenir la llegada de cualquier tipo de neonazismo. Y mirad cómo están ahora.

En mi declarada ignorancia, a veces sospecho que esta reafección europea por los totalitarismos de nuevo cuño tiene dos razones evidentes. La primera, la demonización de la izquierda que ha ido instalándose entre los estados miembros. Mensajes tan simples que nunca pensarías que pudieran ser efectivos han calado hondo: izquierda igual a estalinismo, por ejemplo. Desde un punto de vista racional parece imposible que funcionen. Pero funcionan. Y cómo.

Tampoco es desdeñable la influencia que ha tenido en nosotros nuestro pasado reciente. Eso que llamamos mundo libre es responsable de atrocidades como las cometidas en Afganistán, Irak, Libia, la antigua Yugoslavia y muchos etcéteras. Si el mundo libre se dedica, en nombre de la libertad, a bombardear niños para sustituir tiranías por caos y más tiranía, como ha sucedido constantemente, es normal que la peña se desentienda de sus hipócritas valores.

Lo cual que el toque de atención que supondría la victoria de Le Pen en nuestra libertaria Francia, igual nos abría un poco más los ojos y comprendíamos que esta gente son enemigos de la humanidad. Sé que es duro lo que digo. Pero es que es fruto de una profunda depresión/decepción histórica que me corroe. Así que disculpad los excesos, porfi.