Rosas y espinas

Marlaska y la mentira

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, interviene en una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados, a 29 de junio de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

Hace ya casi dos décadas (qué viejo soy) que sigo las andanzas de nuestro eximio juez y pizpireto ministro Fernando Grande-Marlaska. Como andaba yo muy metido entonces en investigaciones periodísticas sobre terrorismo, los jefazos me encargaban perfiles y cosas sobre aquel joven magistrado bilbaíno que se empezaba a significar como "azote de ETA". Ya había desvelado su condición de homosexual, lo que nos hacía suponerlo un togado de evidente talante progresista. A los progres nos gustaba. Era melómano, elegante, discreto, valiente, culto y muy mono. Durante su primer año en los juzgados, asistió como todos nosotros a más de una veintena de asesinatos de ETA, por lo que sus decisiones contundentes no nos parecían especialmente antidemocráticas.

Ahora lo vemos enarbolar la mendacidad con la misma soltura a que nos tienen acostumbrados otros políticos de partidos que no se dicen de izquierdas. En la sesión de control al Gobierno de ayer, el diputado de EH Bildu Jon Iñarritu interpeló a Marlaska sobre la irrupción, durante la masacre en Melilla del pasado viernes, de agentes marroquíes en suelo español. Invasión ilegal que este panfletillo simpático y volandero había certificado horas antes publicando unas imágenes incontestables. "Da por hechos probados que gendarmes marroquíes entraron en territorio español", bramó Marlaska. "Falsedades de este tipo, salvo existencia de prueba, le sugiero que no las repita".

Pero había pruebas, ministro. Helas aquí. Son de Javier Bernardo.

Este desprecio del ministro a la evidencia periodística es inexplicable cuando estamos hablando de 37 muertos. Pero Marlaska ha tenido buenos maestros. Federico Trillo y José Bono, por poner solo dos ejemplos. Nuestro ministro fue a principios de este veloz siglo el juez encargado de la investigación del accidente del Jak-42, en el que murieron 62 militares españoles que volvían de Afganistán. Gobernaba el PP del patriotísimo José María Aznar, que había embarcado a nuestros soldados en un pajarraco chatarrero llamado Jak-42 y, una vez culminada la tragedia, había permitido que se remitieran a los familiares ataúdes con los restos de los muertos mezclados sin mayor autentificación, cual desperdicios de casquería.

El entonces juez estrella archivó el caso sin realizar investigación alguna y protegiendo en todo momento a Trillo, a Bono y a los encubridores uniformados de estos, todos encorvados bajo el peso de sus incontables medallas. "Desde el principio, se ha cercenado la investigación [por parte de Marlaska] y se han denegado diligencias [por Marlaska también] que eran necesarias para el esclarecimiento de los hechos", alegó el fiscal Javier Zaragoza instando a la Sección Cuarta de la Audiencia Nacional a reabrir la investigación en enero de 2008.

Marlaska, inasequible al desaliento, impulsó un par de paripés y al final logró el archivo definitivo de la causa en mayo de 2012. Buen trabajo, chaval. Meses después, fue premiado con su ingreso como vocal en el Consejo General del Poder Judicial a propuesta (ojo al dato) del Partido Popular.

Es Marlaska juez reacio a investigar según qué casos, si nos enfangamos en la cara sucia de su trayectoria judicial. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Amnistía Internacional y el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura ya han observado en varias ocasiones que nuestro hoy ministro ha dejado correr con elegante displicencia varios casos de tortura que fueron llegando a sus manos. Siempre el dolce far niente ha sido el modus operandi de Marlaska en lo referente a derechos humanos. Igual convendría ponerle al frente de una checa metaverso para que se distraiga, y no a la cabeza de un juzgado o de un ministerio.

Tras las últimas citas electorales, mucho han hablado nuestros todólogos y politólogos de la desmovilización de la izquierda como causa de los recientes triunfos del PP y de Vox. Con tipos como Marlaska o Margarita Robles en el Gobierno, no hace falta que nos desmovilicemos nosotros, porque ya nos inmovilizan ellos con esta gota malaya de despropósitos. Cómo vamos a votar izquierda, si esa llamada izquierda mayoritaria nos coloca, después, a apologetas (por omisión) de la tortura al frente de las más altas jefaturas del Estado. Democracia plena, nos dicen. Ya tal.