Rosas y espinas

Chile, España y el miedo a la libertad

Partidarios del 'rechazo' a la nueva constitución de Chile celebran el resultado del referendum, en Santiago. REUTERS/Ailen Diaz
Partidarios del 'rechazo' a la nueva constitución de Chile celebran el resultado del referendum, en Santiago. REUTERS/Ailen Diaz

Escribía el otro día il mio caro Pablo Iglesias en un artículo titulado Chile, Constitución e ideología (revista Ctxt) que "la clave del cambio en la voluntad de la mayoría chilena es atribuible a la acción sostenida en el tiempo de los principales actores ideológicos: los poderes mediáticos". No puedo estar  de acuerdo. Se refería il mio caro PIT, como habréis colegido, al batacazo electoral sufrido por el presidente libertario Gabriel Boric en su intento por instaurar una de las constituciones más progresistas del planeta (o quizá la más) en el país andino. Si hace dos años el 78% por ciento de la población estaba de acuerdo en derogar por fin la carta magna pinochetista, en estos días el 62% se negó a refrendar el texto del cambio.

La paradoja demoscópica da que pensar. Me quedó grabado en la niñez el título de una aventura del Pato Donald titulada: Andes donde andes, nunca andes por los Andes. La frase tuvo tanto éxito que aun hoy la utilizan con asiduidad casi machacona los guías turísticos de Perú y Chile para advertir a los incautos de los peligros del mal de altura si no vas bien asesorado. Lo cuento porque pienso que ese mismo mal de altura es el que ha provocado el desmayo desoxigenado del proceso constituyente de Boric. Demasiada altura. Demasiada libertad.

De acuerdo con PIT en que los medios chilenos, como los españoles, han hecho fantásticamente su trabajo desinformador, oligarquista y vasallo. Pero, desde mi ignorancia (PIT sabe mucho más de Chile, y de todo, que yo), insisto en afirmar que ha sido el miedo a tanta libertad el que ha noqueado a Boric. Yo no sabría precisar cuál es el gran motor de la humanidad, pero sí me atrevo a decir que el miedo de los oprimidos a su propia libertad siempre ha sido el gran dique de la Historia. El motor inverso. Un motor muy poderoso, porque no es necesario fabricarlo. De vez en cuando se alienta (exitoso hundimiento mediático/judicial de Podemos aquí; demonización de las palabras expropiación e indigenismo contra la abortada constitución chilena; miedo inducido del miserable obrero al migrante para inundar de fascismo los países más cultos...), pero ese aliento es solo un complemento casi únicamente ornamental a nuestro miedo de serie, muchas veces mutable en egoísmo o envidia, que son dos formas de gula hermanas.

No son los medios, sino los miedos, los que casi siempre corrompen el avance y el voto progresistas.

Uno de los miedos mejor alentados por los más ilustres pazguatos del análisis político tanto de Chile como de España (Chile sigue siendo, salvo cambios muy recientes desde 2016, el país con mayor inversión española de América Latina, así que es importante) fue la rareza de proponer un sub-estado mapuche con sus propias leyes, su propio parlamento, su soberanía. Una rareza que existe en EEUU (los indios incluso tienen su propias cárceles y no se dedican a asaltar el Capitolio), Finlandia, Noruega, Suecia, Bolivia, Nueva Zelanda...

Esta propuesta conllevaría sin duda expropiaciones. La palabra expropiación causa terror no solo entre la alta burguesía y los oligarcas, sino también en el triste proletariado con aspiraciones que cree que le van a dejar prosperar por su esfuerzo y talento. Ese proletariado con veleidades protoburguesas detesta la lucha de clases, porque lo que anhela es dejar de ser esclavo para poseer esclavos, no para alcanzar la igualdad ni zarandajas de esas. De ese siervo aspiracionista se nutre, hoy, la ultraderecha europea y americana de norte y sur. Más miedo: el miedo a ser quien eres.

El proletariado blanco chileno, aun de izquierdas, no quiso ese estado mapuche: le reconforta saber que todavía quedan subsuelos debajo de su miseria: y abomina romper techos y libertarlos.

Y, por supuesto, no hay que infravalorar el poder de las oligarquías para corromper a los líderes del subsuelo. Como es evidente, es mucho más barato corromper a un líder indigente que a un político o banquero (digo más barato, ni mucho menos más fácil). Una encuesta del Centro de Estudios Públicos chileno desveló, antes del referéndum, que solo un 16% de los mapuches confiaba en los líderes indígenas que trabajaron con Boric en la elaboración del ya náufrago proceso constituyente.

Y eso es todo, amigos. Disfrutad de la libertad que no tenéis hasta que no podáis conservarla. Pinochet sigue vivo en Chile gracias a su constitución aun vigente, y aquí tenemos al jefe de Estado que Franco nos impuso. Pero hay pringaos aun menos libres. Consolaos con eso.