Ruido de fondo

Morro

En todo este embrollo el más digno ha sido ese hombre, el padre de Mari Luz. Cómo no comprender y compartir su queja ante la levedad del castigo impuesto al juez Tirado por el Consejo General del Poder Judicial. El que no tiene hijas tiene tripas. Y 1.500 euros parece, con crisis y todo, un precio demasiado bajo para compensar los errores que facilitaron el movimiento del asesino. Necesitamos un culpable, un solo culpable, con nombre y apellidos, un objetivo definido y diáfano contra el que dirigir nuestra ira. No nos valen malos funcionamientos generales, colapsos de la justicia y abstracciones varias. Queremos un hombre, no nos pidan filosofía. Pero a la luz de los fallos que se han producido en otros juzgados y de las noticias espantosas sobre el desbarajuste de la institución entera, parece que lo sucedido en casa de Tirado podría haber ocurrido en cualquier parte. Esto no exime un ápice al que no hizo bien su trabajo. Si estaba desbordado, que lo hubiera gritado a los cuatro vientos, como ya han hecho algunos jueces. Y si es esto lo que ha querido decir el CGPJ con una sentencia tan leve que apesta a corporativismo, que lo hubiera puesto negro sobre blanco. La muerte de esa niña va más allá de la incompetencia o la impotencia de este o de aquel juez. Es un fracaso general de la justicia. Por eso, de todo el embrollo, el más indigno ha sido el ministro Bermejo. Si al de San Bernardo le parece "enormemente escasa" la sanción impuesta, a mí me parece enormemente excesivo que el responsable último del desastre tenga el cínico desparpajo de llevarse las manos a la cabeza.