Ruido de fondo

Don Emilio, dame algo

Se veía venir. La solidaridad de la familia Botín con los indignados del 15-M estaba cantada. En su lógico y comprensible afán por no resultar agresivo, el movimiento del 15-M ha acabado despertando simpatías hasta en los sectores contra los que nació.

Primero fueron los políticos —los de más o menos izquierda—, quienes se apresuraron a hacer suyas las reivindicaciones del colectivo. No importaba, como en el caso de Rubalcaba, que el político en cuestión hubiera estado en el Gobierno y hubiera tenido poder para plantear un debate sobre la ley electoral o sobre el tributo de los bancos o sobre el asunto de las hipotecas, y no hubiera movido un dedo. Lo importante era que la gente pensara que el político estaba indignado, pero que no podía quitarse la corbata por responsabilidad y sentido de Estado. La derecha en cambio no ha tenido tantos reflejos. Hay que ver: con lo astuta que es Aguirre, y lo torpe que ha estado con los acampados de la Puerta del Sol. ¿Qué le hubiera costado a ella, que ya confesó en su momento tener dificultades para llegar a fin de mes, compartir una indignación que va más allá de los colores?

Los Botín, más listos, se han mostrado sensibles a la indignación —al fin y al cabo ellos han tenido que decir adiós a los 8.000 millones de beneficios previstos para este ejercicio— y han ofrecido una demora de tres años a quien tenga problemas para pagar la hipoteca. Y no me hubiera extrañado nada que Don Emilio se hubiera bajado del coche oficial para departir con los indignados. Eso hubiera sido un puntazo. Porque inquietarle, lo que se dice inquietarle, las acampadas no han debido de inquietarle mucho.