Ruido de fondo

José Luis Rodríguez

Zapatero, que esta semana se ha despedido en el Parlamento, será recordado por dos cambios sociales: los espacios sin humo y los matrimonios homosexuales, alguno de los cuales quizás se haya forjado fumando en la puerta de algún restaurante.

Por lo demás, no creo que la Historia lo trate especialmente mal. Su antecesor en el cargo puso tan alto el listón de los malos presidentes, que ni siquiera en esta legislatura, cuando todo se ha venido abajo, ha conseguido Zapatero superar el mal rollo que daba Aznar. Sale a empujones, como todos los presidentes de nuestra democracia, pero su presencia en televisión no me crispa tanto como la de Aznar o la de González al final de sus mandatos.

A mí lo que Zapatero me produce es decepción. Ya sé que hay personas muy listas a las que este presidente no ha decepcionado en absoluto, porque ellas siempre supieron que era un tipo inane y sin sustancia. Yo, que no soy tan perspicaz, reconozco haber depositado en él una cierta confianza. Era un chico de mi generación y me divertía la irritación que provocaba en los González, Cebrián y compañía, a quien puso en su sitio alguna vez.

"No os decepcionaré", dijo. Pero sí lo ha hecho. Ha decepcionado a casi todos los que le votaron por la extrema docilidad con que ha aceptado los postulados del liberalismo más brutal. "Cualquier español puede ser presidente", dijo también. Pero eso tampoco es cierto. Alguien que no ha sido capaz de plantarle cara a los curas no está capacitado para defender a la sociedad civil frente al poder de los mercados.