Steven Jobs, ruega por nosotros

Uso muchos electrodomésticos de la Casa Apple. Pero una cosa es reconocer su utilidad, y otra dedicar páginas y páginas al empresario fundador. El Edison de nuestro tiempo, el Einstein del siglo XXI. Un nuevo Leonardo da Vinci. Por favor, Steven Jobs era un empresario, un telepredicador muy listo que supo despertar más fervor que rechazo, pese a estar podrido de dinero.

Jobs no era un intelectual ni un Mesías. Tampoco un existencialista, aunque vistiese de negro y aunque debió de sentir una enorme náusea cuando le diagnosticaran un cáncer a los cincuenta. Steven Jobs era un empresario capitalista. Posiblemente el más astuto de los últimos tiempos. Pero un empresario al fin y al cabo, cuyo afán no fue mejorar el mundo, sino hacer rentables sus productos.

Los avances alcanzados en el campo de la informática y de la telefonía móvil por la Casa Apple, siendo como son enormes, resultan insignificantes al lado de sus logros en el campo de la publicidad y la mercadotecnia. El gran acierto de Steven Jobs fue la canalización con fines comerciales de ese impulso religioso, latente pero huérfano, que flota en el imaginario las sociedades laicas desarrolladas.

Steven Jobs convirtió su empresa en una secta religiosa, y la compra de sus productos —no siempre tan perfectos— en una especie de comunión colectiva. Apple no tiene clientes porque los clientes siempre tienen razón. Apple tiene adeptos, que nunca cuestionan las verdades reveladas por su líder en aquellas milagrosas apariciones que recogían fielmente los medios y demás evangelistas. Medios y evangelistas que estos días lloran la muerte del Maestro.