Ruido de fondo

Fichaje

La dimisión de Rosa Aguilar como alcaldesa de Córdoba para convertirse en delantero centro de la Junta de Andalucía ha provocado reacciones encontradas entre la afición. Comprensión desde el fondo norte, que considera la política una variante de las relaciones de pareja; y pañolada en el fondo sur, donde Rosa Aguilar es una redomada traidora. Pero en el meollo de la cuestión los dos bandos están de acuerdo. Uno y otro tienen una idea decimonónica de los partidos políticos como instituciones ideológicas con las que el militante mantiene vínculos afectivos o religiosos. En este punto los militantes políticos se parecen mucho a los hinchas de fútbol, que son más espirituales de lo que parece. Para ellos la promoción profesional o el interés económico no significan nada. Un verdadero hincha rara vez perdona a quien abandona los colores para fichar por el rival. No importa que el rival le pague más. A ojos del hincha un transfuga que consigue más dinero además de traidor es un pesetero. Pero los partidos políticos no son clubes de fútbol ni sectas religiosas, aunque en su funcionamiento interno lo parezcan. Son empresas con intereses tangibles. Y en este mundo robarse ejecutivos a golpe de talonario está a la orden del día. Todos comprenden que el buen gestor empiece formándose en una modesta empresa del sector y acabe fichando por la líder del mercado. Además, si Rosa Aguilar ha incumplido un contrato no ha sido con Izquierda Unida, sino con los votantes que confiaron en ella. Con todos los votantes, no sólo con los cordobeses. Se la contrató para un trabajo y lo ha dejado a la mitad. Seremos nosotros los que decidamos si es de fiar, si la contratamos o no cuando vuelva pedir trabajo en las próximas elecciones.