Ruido de fondo

Prohombres como los de antes

Mientras leía el excelente libro de Javier Cercas, Anatomía de un instante, me acordaba de la ilusión que despertaba en muchos de nosotros Felipe González cuando Adolfo Suárez atravesaba los peores momentos de su mandato. Era la misma expectación, mezclada con algo de reserva, que el mismo Suárez había provocado cuando fue nombrado a dedo por el rey. Hasta José María Aznar logró transmitir a la ciudadanía buenas vibraciones cuando González era ya un alma en pena, noqueada por la corrupción y por los ministros encarcelados. Y qué decir del propio Zapatero y su talante cuando ganó contra todo pronóstico primero la secretaría general de su partido y luego las primeras elecciones generales tras el atentado. El cansancio y la irritación de los votantes con el que manda suelen subir a la misma velocidad que la ilusión por el candidato promesa. Hasta hoy. Por primera vez en la historia de nuestra joven democracia el hartazgo que sentimos por el presidente del Gobierno no va acompañado de esa ilusión —o por lo menos de esa curiosidad— que se suele sentir por el nuevo entrenador. Qué desgracia la nuestra tener que elegir entre quien ha demostrado no tener preparación para dirigir un país y un tipo mediocre, más preocupado por salvar su culo que por arrimar el hombro. Duran i Lleida ha sondeado estos días las posibilidades de un gobierno de coalición y se ha retirado al constatar la mezquindad de nuestros grandes líderes. El uno, dispuesto a resistir así se hunda el mundo, quiere rentabilizar en solitario la victoria contra los mercados y no está dispuesto a ceder un ápice de gloria. Y el otro no está dispuesto a colaborar en nada, faltaría más: sabe que el fin de la crisis económica es el fin de su carrera política.