Opinion · Marco Incomparable

El infierno está en los grupos de WhatsApp de padres

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Si usted considera que el ser humano saca lo peor de sí mismo en las reuniones de vecinos, si le da pereza asistir a esa convocatoria anual en la que la del primero le vuelve a hacer perder el tiempo con sus tonterías de la cuerda de tender, eso es que aún no ha entrado en un grupo de WhatsApp de padres del colegio.

 

La idea es que unos y otros se ayuden. Que descifren cuáles son los deberes que cada hijo transmite como el teléfono escacharrado, que entre todos coordinen mejor las actividades comunes y tareas. Pero, no nos engañemos, hay gente para todo y al final siempre se hace oír el que más debería callar.

 

En estos grupos uno se encuentra a muchos tipos de padres.

 

Está, por ejemplo, el padre spam. Se dedica a hablar con otros del buen día que hace, de lo bien que se han portado esa mañana en la fila o de cualquier otro asunto que, a ser posible, sea irrelevante. Con que haya cuatro más que le entren al trapo, al mediodía usted ya tendrá 120 mensajes esperando a ser leídos. Se les reconoce por el abuso de emoticonos con cierta connotación histérica (el de la lengua fuera con el ojo guiñado es su favorito) y por la inexplicable ubicación de las exclamaciones.

 

En ningún grupo puede faltar el padre conflicto. Se sale del grupo. Agacha las orejas después y pide entrar. Vuelve a salir. Normalmente no es el más avispado y por ello busca siempre la excusa más tonta para liarla y acabar soltando todo tipo de exabruptos ante el perplejo silencio de la mayoría y la respuesta iracunda de unos pocos. Le encanta el enfrentamiento directo y no se atreve si no tiene a alguien que le apoye detrás.

 

El padre vendedor. Hace lo que sea para obligar al grupo a comprarle algo y llevarse la pasta como la de las fotografías de la orla. Siempre recalcando, eso sí, que no busca «ningún interés personal» al proponer que las fotos las haga su hermano. Si el grupo accede a su planteamiento, es todo loas a la mayoría. Si la mayoría pasa de él es capaz de bombardear día y noche a todo aquel que no le haya votado, de pedir repeticiones de votaciones, de perseguir a la salida del colegio a quienes no les gustara su propuesta y de acosarles para hacerles cambiar de opinión como si se tratara de una concesión estatal y no de una tontería para niños de seis años.

 

El padre metomentodo. En todo tiene que opinar, de todo sabe y, si puede, en todo malmete. Su tema favorito son los cumpleaños infantiles. Si un grupo de niños de clase se reúne para invitar al resto al cumpleaños, este padre no entiende el significado de la palabra «invitación» y se cree con derecho a opinar y a decir si le parece bien o mal el sitio, el menú, la piñata… Si se propone un regalo común de toda la clase es capaz de plantear que 2 euros le parece un exceso para, a renglón seguido, invitar al cumple de su hijo solo a unos cuantos y hacer una colecta para que los invitados le compren una bici «porque le hace mucha ilusión».

 

Quien conozca por dentro el funcionamiento y las dinámicas de estos grupos de padres es probable que piense dos cosas. La primera: tampoco fue tan extraño que en Casarrubuelos (Madrid) dos profesores acabaran detenidos por publicar conversaciones vejatorias de los grupos de WhatsApp del colegio. Y la segunda y más importante: cualquier mendrugo puede ser padre.