Opinion · Palabra de artivista

Convertir homofobia en erotismo

Curioseando por la web me he encontrado una historia terrible que me ha dado mucho que pensar. Es el fascinante viaje de Ryan Sullivan, “Sully” para los amigos, un director novel que cuando recibe una beca de cine decide hacer un documental sobre la polémica productora gay especializada en bareback (sin condón y, principalmente, entre seropositivos) Treasure Island.

La razón por la que decide abordar un proyecto tan arriesgado, cuenta en su blog, es que su hermano mayor, su ídolo desde niño, fue arrojado de la casa paterna cuando se descubrió que era gay. Tras esa expulsión homófoba nada se volvió a saber del hermano que, lógicamente, cortó todo contacto con la familia. Cuando Sully, devastado por la ausencia de su adorado hermano, rebuscó entre sus pertenencias, encontró una caja de porno gay en la que destacaba un DVD de Treasure Island: What I Can’t See. “Me hizo sentirme más cerca de él… lo echaba tanto de menos”, explica en sus videos. Decidido a encontrar a su hermano y entender lo que pudo sufrir, contacta con el propietario de la productora, Paul Morris, y le propone hacer un documental sobre su compañía entrevistando a los actores seropositivos (muchos con historias terribles como la de su hermano) y grabando los rodajes.

Lo extraordinario no es que un joven decida estudiar esa barbaridad de productoras que promocionan el sexo sin condón para entender mejor a su hermano gay desaparecido, e injustamente maltratado por una familia de cerdos homófobos “cristianísimos”, ni siquiera que sea un rendido homenaje a esa figura maltratada, lo absolutamente extraordinario es que, cuando estaba a mitad del proyecto (que principalmente consistía en entrevistar a los actores porno seropositivos y preguntarle cómo se habían contagiado o por qué se seguían arriesgando), Sully descubre que uno de los actores de Treasure Island es.. ¡Su desaparecido hermano John!

En varios videos vamos descubriendo que su hermano no quiere verle y que una de las razones por las que nunca le contó nada fue por preservar su inocencia: “Él quería hacer cosas grandes y yo no quería contaminar esas ambiciones con mis problemas”, confiesa el hermano expulsado. En subsiguientes videos vamos descubriendo que su hermano John está atrapado en una interminable orgía de sexo masoquista en la que intenta recuperar una fantasía de sumisión y castigo que creer merecer. También descubrimos que es seropositivo desde hace un año, que se contagió por culpa de “un uso salvaje de drogas; cristal de metanfetamina. Me daba todo igual”, y que esconde una tristeza infinita en su mirada ausente.

Todo este fondo del, cada vez más en boga, masoquismo gay, de ese buscar la humillación, la decadencia, una cierta autodestrucción, es algo que me viene angustiando desde hace tiempo. Cada vez me encuentro a más gays jóvenes que buscan un castigo que siempre me inquieta y me hace preguntarme: ¿Cuánto de endohomofobia hay detrás de este placer en ser despreciado, castigado, humillado?

Comprendo que el erotismo es algo muy complejo, hermoso e inabarcable, ¿pero no se nos estará colando el enemigo troyano por ese vulnerable camino hacia nuestros sueños, nuestro inconsciente, nuestro deseo? ¿Es tan impensable que ese odio homófobo que recibimos cada minuto de nuestra vida desde que nacemos, en cada nimio acto de reprobación, ridiculización, desprecio, menoscabo, se acabe transformando en ese extraño placer en ser castigados, humillados, ofendidos?

Ver a ese chico estupendo, cuyo único “pecado” fue amar, atrapado en una extraña fantasía de autodestrucción, ocupado en derrumbar todo su instinto de auto-preservación, reverdece mi rabia, mi instinto de lucha. Los homófobos, hipócritas, cristianos llenos de odio y sumisión a su líder que ordena aniquilar la diferencia, el pensamiento libre, consiguen triunfar cuando entristecen a un ser humano hasta el punto del lento suicidio, de la auto-tortura.

Porque lo terrible de toda esta historia es que al final de ese proyecto, Sully descubre en una entrevista que quien inició a su hermano en el sexo violento forzado, en el placer de la humillación, en la resignación e indefensión, quien plantó esa semilla del auto-desprecio, fue… su padre.

“A los 16 años tuve unas experiencias muy excitantes… ahora. En su momento no me gustaron nada… (Voz en off) ¿Con quién fue?, ¿con varios chicos? (John) No es algo de lo que suela hablar… Era con un miembro de mi familia. Y él solía venir y me hundía la cara en la almohada y me obligaba a someterme clavándome la rodilla en la espalda, cuando estaba durmiendo, en plena noche… En ese momento fue aterrador y monstruoso, y no me gustaba, pero me hizo asociar esa sumisión forzada con el sexo, porque fue una de las primeras experiencias sexuales que tuve, así que ahora me pajeo recordándolo…  Siempre me ha puesto mi tío… (Voz en off) Pero no era tu tío… (John) No, no era mi tío… Era mi padre”.

Sí, ese mismo padre que le echó de su casa, con la complicidad de su madre, cuando “descubrieron” que era gay, fue el que le violó de adolescente varias veces hasta, supongo, ser descubierto por su esposa o ser temido como una competencia para ella. Los decentes, escandalizados, decentes, cristianos (por supuesto, eran cristianísimos) padres escondían el mismo putrefacto secreto que la Iglesia esconde: son unos enfermos que convierten el amor, el deseo, las caricias, en odio, vicio, heces consagradas.

Cuántas veces hemos escuchado en la comunidad esta historia: el decentísimo cristofascista que acosa a homosexuales y resulta ser un reprimido de tomo y lomo que viola a niños (un saludo a esos curas pedófilos y ese Papa protegiéndoles), esconde a chaperos (otro saludo para ese cura que fue denunciado por su chapero), o incluso ejercen ellos mismos la prostitución (otro saludo para ese cura de parroquia que resultó prostituirse).

Y nosotros, cándidos niños machacados desde siempre, acabamos creyendo esa mentira de su pureza mientras nos violan en cada gesto de cada odio de cada hipocresía. Hemos convertido su homofobia en erotismo, en un fetiche que debe darnos placer desde el dolor. Porque a algunos les resulta más fácil acostumbrarse a ese dolor y creer que es placer, nuestro destino, nuestra porción de la felicidad, que gritar una y otra vez que les duele, que les mata, que no quieren ese odio, ante la indiferencia de esta hipócrita sociedad que esconde al verdugo y acusa a la víctima de su martirio.

Feliz 2012 y no dejéis que su miedo se os contagie. Son muertos vivientes y os quieren morder para convertiros en otros zombis que parecen vivos pero están muertos… de miedo.