Opinion · Palabra de artivista

Sin terroristas no hay salvapatrias

La dialéctica de la derecha católico-caciquista (y por lo tanto la del PP) es singular. Por un lado, es de un simplismo de parvulario («Seño, nene malo, me roba plastilina por eso hace mejores figuras») pero por otro es de una perversidad victimista de sacristía pederasta («Seño, papás de nene malo me miran mal cuando le pego, expulsen a nene malo que llora mientras dice que fui yo el que le robó la plastilina»). Toda esta perversidad engendrada en el monopolio no es algo nuevo, es algo que han aprendido, mamado y heredado de esa gran agencia de opresión y robo que es la Iglesia Católica.

Para estos opresores que sustentan su poder sobre el antagonismo simplista, la creación de mitos que ofrezcan enemigos simples, identificables y siempre localizables es esencial para mantener la noción de pertenencia al in-group (el grupo bueno que existe en base a su oposición a los malos, el out-group). En el caso de la Iglesia, esa figura antagonista que cohesiona sus adhesiones con firmeza monolítica es el demonio. Un monstruo que ataca al grupo, obligándole a nunca cuestionar su funcionamiento interno ya que necesitan una fidelidad ciega para enfrentara a ese terrorífico agente externo que justifica todas las opresiones del grupo como mal necesario para combatir el verdadero mal (inventado) llamado demonio. Una monstruosidad inconmensurable (diseñada en la ficción y por lo tanto imposible de igualar en la poliédrica realidad) que hace palidecer cualquier monstruosidad que se cometa en el grupo como leve si la comparamos con la maldad, atrocidad y monstruosidad del ser imaginario llamado demonio. En el caso de la derecha y, específicamente, su brazo político, el PP, ese monstruo que justifica todas sus opresiones, crímenes y monstruosidades es el terrorismo, ETA. El PP ha construido un imperio gracias al terrorismo, al fantasma del terrorismo, más bien. Y no se puede permitir que ese monstruo tan real como ficcionalizado desaparezca. Porque sin ese miedo, sin ese malvado plano, nítido, unifacético, la derecha no puede justificar los sacrificios, monstruosidades y desmanes que exige a su grupo (y al externo, por supuesto). A esto hay que añadir la retórica controlada en medios de información y socialización por el grupo dominante para dibujarse a sí mismo como el salvapatrias y a los disidentes como destruyepatrias. En esta dialéctica, por supuesto, jamás se cuestiona la noción de patria como algo más que un constructo monolítico, infranqueable y único que se pudiese enriquecer con la pluralidad, la diversidad e incluso la contradicción (todas esas características tan consustanciales al ser humano). Sin monstruo no hay salvapatrias. Sin «amenaza externa» no hay grupo monolítico que no se puede permitir la auto-crítica o la disidencia.

Y es que un sofisma que el PP y la derecha monolítica (Iglesia-Banca-Políticos) mima y preserva con fijación es el de que «nosotros somos salvapatrias perversos por culpa del terrorismo». Esta ecuación esconde la realidad de que el terrorismo en la mayoría de los casos surge como respuesta a la opresión del poderoso, no a la inversa. Y en muchos casos, como se vio con el IRA o incluso con ETA, cuando el que sustenta el poder disminuye su tiranía y equilibra las fuerzas o acepta los argumentos del terrorista como escuchables, se pasa de la violencia a la discusión. Que esa discusión acabe con entendimiento es otra cosa. El terrorista puede retornar a su rutina en la que se acomoda y el opresor a la suya en la que se sirve de ese fantasma terrorista para justificar su opresión.

El fantasma de ETA debe seguir apareciéndose a los vivos para regir la agenda política. El PP suda sólo ante la mera noción de un ETA desaparecido (mucho más si ha desaparecido gracias a Zapatero), porque con qué fantasma van a justificar sus desmanes. El de la crisis (que es una estafa) no lo dominan tan bien (un problema que Franco también tuvo; como economista era bastante inepto).

Así que tenemos al PP intentando mantener vivo el fantasma de una ETA en descomposición para no perder en estos momentos su demonio particular. En ese sentido, es curioso que todos esos cachorros del franquismo que hicieron suya la disculpa de «olvidar el pasado para cerrar heridas y seguir adelante con esta gran democracia que nos habéis colado» para esquivar la Ley de Memoria Histórica (o hace muy poco negarse a condenar el franquismo por ley), apliquen exactamente la lógica opuesta al tema de ETA y el terrorismo: «hay que vengarse y hacer justicia con las víctimas para que las heridas se cierren y ETA desaparezca». ¿Cómo? ¿Pero no había que olvidar, dejar en zanjas y cunetas a los muertos por el bien de España?

¿Queremos demostrar que el terrorismo es injustificable en una sociedad que deja atrás el franquismo o quizás nos interese deshacer todo lo hecho por Zapatero y la izquierda real de la que cogió el discurso y tácticas en el tema ETA?

A juzgar por el monstruo de odio que se paseará este domingo por las calles de Madrid, me inclino a apostar por lo segundo.