Opinión · Palabra de artivista

Huyendo de las etiquetas para reforzarlas

Descubro con estupor que, según un grupo de avezados empresarios, Málaga le busca un sitio a la cultura ‘queer. Leyendo el artículo de La Opinión de Málaga comprendo que esa revolucionaria investigación consiste en traerse a dos pinchadiscos, tres amigas modernas, et voilá: ¡a vender! Se entiende que tienen un puchero importante y ni idea de lo que es —lo que fue, diría yo, porque está más pasado que el eyeliner de Amy Winenhouse— lo ‘queer’. Y para estupor del lector mínimamente familiarizado con las teorías cuestionaidentidades de los 90, se sacan de la manga a Madonna, Dolly Parton o Marilyn Manson como referentes queer, acudiendo a productos heteronormativos que de queer tienen lo que yo de obispo de Alcalá de Henares.

No es casualidad que esta colonización y distorsión de las disidencias ocurra en Málaga, un Ayuntamiento del PP que ha dado algunos de los mejores discursos falsiprogres de la derecha. Desde Celia Villalobos hasta concejalas que van de madre soltera pero luego apoyan indisolublemente las políticas punitivas del partido (un saludo, Marivi Romero), en Málaga se ha generado todo un mercado del buenrrollismo populachero con ribetes de modernidad que ya Gallardón utilizó en Madrid para hacer una limpieza de imagen a la filosofía represiva de la derecha (y ya sabemos como acabó ese cuento del “progre de derechas” devenido cristofascista implacable).

Ya he denunciado en pasados escritos que esta está siendo la estrategia del PP para apropiarse, desvirtuar y desactivar las disidencias que le amenazan: la colonización. Con el dinero de las oligarquías (Iglesia-Banca-Empresarios) el PP está fagocitando los principales movimientos alternativos y los está convirtiendo en caricaturas inofensivas de si mismas. Ya lo hizo con el feminismo presentando a esclavas agradecidas, mujeres machistas o mujeristas como yo las llamo (aludiendo a su tramposos discurso de que toda mujer ya es feminista e igual, obviando la lucha de clases y poniendo el acento sobre la “feminidad” o los privilegios de una élite de “señoras de” como logradoras de avances que jamás permearán a la mujer trabajadora y mucho menos a la pobre). Ahora centra sus esfuerzos en la lucha gay, otra disidencia que han comprado pagando a una élite.

Claro que teniendo en cuenta que en Málaga también se han sacado de la manga un supuesto faro de modernidad llamado La Térmica que ha acabado organizando homenajes al diario cristofascista La Razón, poco se puede esperar del panorama cultural secuestrado por el PP y cuatro colaboradores modernas que tiran por la vía de Alaska & Mario… prostituyarte.

Y para rematar la faena, en el artículo cuentan que las “queer” malacitanas van y llaman al espacio Faggot, “maricón”, un término bien ambiguo, sin clichés ni estereotipos de ningún tipo, claro, y, por supuesto, megaqueer eso de usar etiquetas populares y estereotipos para vender espacios de biopolítica consensuada por el patriarcado. Y es que claro, ese es un espacio “para  todos aquellos que buscan un ambiente diferente y múltiple, sin estereotipos ni clichés de ningún tipo”. ¡Que viva el puchero!

Hace tiempo que la etiqueta queer se ha distorsionado y ensanchado hasta acoger las más contradictorias iniciativas para beneficio de cuatro gurús. Es una etiqueta muy conveniente debido a su abstracción, un valor precioso en el capitalismo que busca la mayor identificación posible de la masa indefinida.

Y es que en esta nueva sociedad del marketing cada vez se huye más de lo concreto y se va a lo difuso, a lo abstracto que permita ser interpretado por cada espectador como mejor le venga en gana. Esa es la razón, por ejemplo, del creciente éxito de la etiqueta bisexual frente a la de homosexual. La palabra homosexual, o gay, o maricón, lleva pareja unas exigencias y todo un fardo de lucha que no conviene al “revolucionario casual” que repudia el compromiso y hoy está en lo bisexual y mañana en el poliamor y pasado es heterodisidente y al otro busca “la centralidad del tablero sin etiquetas”.

En este mismo sentido vivimos la actual tendencia a negar izquierdas o derechas y usar etiquetas abstractas y difusas, peligrosamente abiertas a interpretación (y por lo tanto a manipulación) como “sentido común”, “ciudadanismo”, “humanismo”, “ganar”, “entusiasmo” o “ilusión”. Es una manera tramposa de evitar enfrentarse a la realidad del problema: la lucha de clases lo sigue rigiendo todo. Lo que es ilusión para un burgués universitario con posgrado e ínfulas de director general de una multinacional a la que criticó en su sesuda tesis, no es la ilusión de un subsahariano que se desangra en las concertinas de Ceuta y Melilla.

Ya hace años denuncié la apropiación de grupúsculos (incluso pandillas) rivales para explotar y capitalizar la moda queer y hacer carrera académica a costa de un verdadero mafioseo. Lo queer, que denunciaba la identidad gay, se ha convertido en lo mismo si no peor: un espacio para el negocio de conferencias, cursillos, tesis y poses académicas. Yo viví en primera persona el amigismo mafioso que llevó a unos cuantos a querer monopolizar lo que ellos entendían por “queer”, un concepto difuso y abierto que han ido convirtiendo en una herramienta capitalista más (especialmente elitista en sus dinámicas). Una publicidad más o menos colorida y pintoresca que lanza a personajes comprables como estrellas de ese nuevo segmento de mercado. Que, como siempre, son los más mediocres e, irónicamente, etiquetables.

Por desgracia, todo este retorcido sistema de desactivación de alternativas al capitalismo es más que aplicable a mucho de lo que presentan como “nueva política” y lo que ha ocurrido en estas elecciones municipales y autonómicas. Esperemos que las y los imprescindibles agentes de izquierda real (los que el anti-comunismo de esas propuestas socialdemócratas y burguesas han perseguido hasta lo indecente), consigan salvar con sus cuadros y trabajo las CUPs que las modernas intentan convertir en nuevos lanzaderos de carreras sistémicas y mercantilización de modas y poses.

No, no Podemos repetir ese elitismo secuestrador.