Empiezan a asomar motivos para la esperanza

No es optimismo antropológico. El balance conocido ayer sobre la evolución de la violencia de género en España –cuatro años después de la entrada en vigor de la ley integral para prevenirla y castigarla– abre un espacio a la esperanza.
Dice el informe elaborado por el Ministerio de Igualdad que se han duplicado las denuncias contra agresores realizadas por algún miembro del entorno familiar de la víctima. Es decir, que empieza a cundir la idea de que la mujer que oculta que un bestia le zurra necesita ser rescatada.

Resulta esperanzador que sea así pese al ejemplo de Jesús Neira, ese profesor universitario que lleva siete meses recuperándose en un hospital de la paliza que le propinó un maltratador al que recriminó cuando zarandeaba a su señora. Es aleccionador que Neira insista en que repetiría su acto valiente si se le volviera a presentar la ocasión. Y es muy gratificante saber por las estadísticas que el profesor no es el único valiente.

En concreto, el año pasado fueron 1.515 los que dieron el paso de acudir a la Justicia, aunque no fueran ellos los que recibían los golpes. Es verdad que es sólo el 1,4% del total de las denuncias registradas (108.261 según Igualdad). Y que no es lo mismo llamar a la Policía que enfrentarse al maltratador. Pero también es cierto que son más del doble de los que tuvieron ese mismo comportamiento el año anterior.

Ninguna ley, por dura que sea, logra erradicar un delito. Un asesino no se detiene a pensar las consecuencias jurídicas de su acto cuando se dispone a matar a su pareja. Por eso apenas desciende la cifra de mujeres asesinadas (70 en 2008 y 71 en 2007). Pero hay más datos en el balance. Y esos que muestran que la concienciación colectiva que perseguía la Ley contra la Violencia de Género empieza a dar sus primeros frutos ofrecen motivos para la esperanza.