Cuando la agenda se impone a la ideología

Son numerosos los diputados socialistas a los que el cuerpo les pide las más de las veces dejarse caer a la izquierda y apoyar (es más, promover) iniciativas tendentes a implantar la laicidad, suavizar los requisitos para legalizar a los inmigrantes o avanzar en el reconocimiento del derecho a la eutanasia, por poner unos ejemplos. Pero enseguida recuerdan que están ahí elegidos bajo las siglas de un partido político cuya dirección responde a la agenda que marca el Gobierno al que sustenta.

No hay que rasgarse las vestiduras. La iniciativa política corresponde en primer lugar al Ejecutivo, que es el que debe marcar sus prioridades a la hora de impulsar avances sociales (caso de ser un gobierno socialista, como el actual) cuidando de calibrar si su exiguo presupuesto los soporta y su variopinto electorado los acepta. Ningún gobierno en su sano juicio permite que sean grupos de la oposición (aunque en ocasiones le sirvan de aliados) los que le marquen la agenda.

El Gobierno de Zapatero arrancó la primera legislatura con mucha prisa social. Pasó de cero a cien en los primeros meses, con apuestas como la ley integral contra la violencia de género, la de igualdad, la legalización del matrimonio entre homosexuales, la regularización especial de inmigrantes o la Ley de Dependencia, entre otras. Y como suele pasar cuando uno va lanzado, ahora parece que ni avance, aunque acabe de aprobar la Ley del Aborto y tenga en marcha la de Libertad Religiosa para este invierno.

El peligro que entraña rechazar sistemáticamente las ideas de los vecinos de la izquierda, como está haciendo el Gobierno, es que algunos votantes pueden acabar por no ver la diferencia entre votar al PSOE o apoyar al PP.