«Olvidar para purificar la memoria»

«Es necesario saber olvidar», dice el cardenal Rouco Varela, máximo responsable de la Conferencia Episcopal Española y de sus actuales desmanes. Sólo así se podrá alcanzar «una auténtica y sana purificación de la memora», asegura.

Para olvidar, señor arzobispo, antes hay que haber perdonado. Para poder hacerlo (usted debería saberlo mejor que muchos) hay que observar en el otro arrepentimiento y propósito de enmienda. Para ganarse el perdón, antes hay que pedirlo a los agraviados.

Hasta hoy, que yo recuerde, la Iglesia española no ha pedido jamás perdón por su actitud connivente con los crímenes franquistas. La jerarquía católica española, que hoy encabeza Rouco, debería haberlo hecho hace mucho tiempo. Sin ese ejercicio previo, no se admiten consejos llamando a la grandeza de corazón de los vencidos. Bastante han esperado ya y bastante han tragado en estos 30 años de democracia.

Hoy sabemos -gracias a la lucha de las asociaciones de recuperación de la memoria histórica, a los trabajos de reputados historiadores, a la tímida respuesta del Gobierno socialista y a la polémica pero interesante actuación del juez Garzón- que la colaboración de la Iglesia fue imprescindible para que el franquismo perpetrara algunos de sus crímenes más horribles, como el de arrancar hijos a sus madres republicanas presas y entregarlos a inclusas o familias del régimen deseosas de descendencia.

No, señor Rouco. Mientras quede un solo cadáver en cunetas por identificar o un solo niño robado sin saber la verdad, no es hora de olvidar.

Mientras culminan las investigaciones aún no iniciadas, pueden ir ustedes redactando la petición de perdón. No teman la penitencia. Las víctimas ya han probado reiteradamente su grandeza de espíritu.