Educación con la política al margen

Es difícil imaginar ahora al Partido Popular participando de forma entusiasta en la elaboración de un modelo educativo que perdure lo suficiente como para trascender los tiempos electorales. Y es difícil pese a que las líneas maestras del que presentó el martes el ministro Ángel Gabilondo destilan una clara voluntad de acercarse a las posiciones que los conservadores hicieron públicas hace apenas una semana.

La deriva populista en la que ha entrado de lleno el PP no parece el caldo de cultivo más adecuado para negociar un asunto de tanto recorrido como la educación. De tanto calado y que tan escaso rédito inmediato proporciona. Cuando un partido político propone o defiende en el plazo de 15 días excluir del padrón a los inmigrantes sin permiso de residencia, instaurar la cadena perpetua en el Código Penal, rebajar la edad penal para los menores y promover la energía nuclear siempre que los residuos que genera se los queden otros, queda en evidencia que no se encuentra en un periodo reflexivo, sino en plena efervescencia demagógica para recabar apoyos electorales inmediatos.

Pese a esos impedimentos objetivos, de los que el titular de Educación es perfectamente consciente, Gabilondo se ha empeñado en llevar adelante la misión que le encomendó el presidente Zapatero cuando le pasó la cartera: una reforma educativa que sea útil para las próximas generaciones, no para las próximas elecciones.

Gabilondo pretende nada menos que pactar un sistema educativo que no pueda ser derogado al calor de las urnas, como ha ocurrido desde la instauración de la democracia: el nuevo modelo será el sexto para profesores y alumnos en 25 años desde la reforma de la enseñanza posfranquista. Si triunfa en su empeño, la educación quedará tan blindada como la Constitución, para cuya reforma son necesarios dos tercios de los votos del Congreso.En esa voluntad de permanencia reside el mayor potencial para que el sistema dé frutos.

Es imprescindible para todos. El 30% de los jóvenes abandona los estudios al finalizar el periodo obligatorio de enseñanza a los 16 años. Y eso que lo que les espera fuera es un erial. El paro se ceba en ellos. Entre los que quieren trabajar y tienen entre 16 y 30 años, un 43,8% no encuentra empleo, según la última Encuesta de Población Activa. El doble de la media de sus compañeros de la Unión Europea.

La tibieza con la que los consejeros autonómicos del Partido Popular recibieron la propuesta del Gobierno puede ser una buena señal. Al menos no la destrozaron antes de estudiarla. La voluntad del ministro por adecuar el modelo a los postulados conservadores ha quedado patente. En las próximas semanas veremos si los de Rajoy son capaces de aparcar sus atavismos ideológicos: la religión, el castellano y los intereses de los colegios privados/concertados. Y de discutir fórmulas para atajar la sangría de talentos entre el alumnado y el desencanto del profesorado. Es hora de que la política de corto alcance salga de la educación. Es hora de hacer política para los que tardarán muchos años en votar.